
Cuando regresaba a casa, en una de las rotondas, mis ojos se han desviado y he visto el faro trasero de un coche demasiado familiar. "Está ahí, tan cerca, sólo tengo que alargar la mano...". En ese momento, entraba en la rotonda despacio, muy despacio. "¿Y si voy? Pero no le he avisado, ¿cómo voy a aparecer ahí sin más...?". He seguido conduciendo en dirección a casa. Mi corazón seguía hablando, ansioso por verle y escucharle, anhelante ante esa proximidad tan real: "¿Y si doy media vuelta?". Durante todo el trayecto he estado pensando en dar media vuelta. Había una fuerza muy poderosa que me empujaba hacia él... Pero otra fuerza que me hacía recular: "¿Cómo se lo habría de tomar él?". En realidad no he ido porque temía su reacción. No puedo ir a verle, por muchas ganas que tenga, sin decírselo primero.
Cuando llegaba a casa, mi corazón seguía quejándose, pero le he silenciado. De repente, he sentido que el bamboleo sanguíneo a mil por hora disminuía hasta alcanzar pulsaciones normales y he sentido que me relajaba. ¿Es posible que me ponga tan nerviosa sólo con pensar en la posibilidad de ir a verle? Los motivos de mi nerviosismo son obvios.
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