Con doce años me regalaron un caballete de pintor, así como una paleta, acuarelas y papel de pintora. A mí me gustaba colocarme delante del caballete, en un lugar de mi casa donde no hubiera riesgo de manchar nada, y ponerme a pintar. Me parecía sumamente difícil, en el sentido de que yo nunca había dado clases de pintura y mucho menos había utilizado acuarelas. De pequeña me gustaba dibujar, no pintar. Pero cuando pintaba había un color que si no aparecía el resultado era muy sórdido, muy negro, muy sombrío. Ese color era el amarillo. El amarillo daba luz a cualquier pintura, a cualquier dibujo que realizaba y, por tanto, siempre era el color central. Al cogerlo y utilizarlo, me daba la sensación de que el resultado no sólo era más alegre, sino que tenía fuerza, y esa fuerza era ocasionada por ese color.
Hoy necesito fuerza, de ahí que haya escogido folios amarillos, aunque después me haya puesto a dibujar encima, sintiendo una terrible presión por todo lo ocurrido hoy. Pero sé que mañana habrá pasado, que mañana sólo será una flor ajada, una huella borrada por la lluvia.
Hoy me he vuelto a alargar escribiendo. Son casi las diez.
El post-it rosa oculta algo. Lógicamente todo lo que escribo tiene un destinatario, aunque en realidad no lo tenga.
Es hora de marchar, es hora de poner fin a este fatídico día. Mañana volverá a salir el sol y quizás todo se mire con un cristal de diferente color.
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