
Los viernes son criminales. No puedes hacer mucho, porque tienes que atender a la gente. A mí no me importa escuchar a la gente, aunque a veces tenga que cortar la conversación, porque siempre hay quien te cuenta las penas y ese tiempo yo lo necesito. Lo que no soporto es que me griten por teléfono. Según el día, me quedo callada o me pongo a la defensiva o me cabreo, aunque siempre sin levantar la voz. Es sorprendente cómo soy capaz de contenerme con la gente, aunque a veces el simple hecho de contenerme, a pesar de que a la otra persona me gustaría decirle unas cuantas cosas, hace que me sienta mal. No debería permitir que nada me afectara, pero es cierto que a veces los problemas de la gente los convierto en algo mío, y me llegan muy adentro.
He comprobado que lo mejor es dejar que la otra persona se desahogue y quedarme en silencio. Llega un momento en que se dan cuenta de que te has callado y preguntan: "¿Sigues ahí?". Es increíble la de personas que necesitan simplemente que les escuche alguien, que necesitan desahogarse... Yo les dejo hablar. A veces una se entera de pequeños problemas domésticos que no vienen al caso, pero la gente los cuenta, a modo de desahogo, simplemente para que al final les des algunas palabras de ánimo.
He comprobado que, cuando alguien te grita, termina pidiendo disculpas siempre y varias veces. Así que ya no me altero por nada.
Pero es cierto que necesito descansar, que entre ayer y hoy no he vivido nada más que para el trabajo. Así que me merezco una tarde libre con mi amiga Y., que para lo poco que viene... Esta tarde seguro que tocará café en la ermita.
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