
Hay ciertos temas que a veces parece que te abren una finísima grieta en tu interior. Es cierto que evito, en la medida en que puedo, hablar de él, aunque no siempre lo consigo. Todo lo que tengo que decirle se lo describo cada noche y cada noche no soy yo quien escribe, sino que mis manos se rigen por lo que dice el corazón. Todo lo que me gustaría decirle y jamás le diré lo saco cada noche. A medida que veo que el montón crece, me suelo preguntar qué haré con todo eso, dónde lo meteré.
Evito hablar de él porque, mientras pasan los días en silencio, me queda esa espinita que crea un cerco alrededor, cada vez que digo algo de él, por ejemplo cuando insinúo lo mucho que le echo de menos, siento que la espina se remueve y comienza a gotear. No escuece tanto al escribir sino más bien es al releer a posteriori. Esto, en parte, es contradictorio a cualquier sentimiento respecto a él, ya que cuando pienso en esa persona lo que ocurre en realidad es que siento un amor tan profundo como indescriptible, y de vez en cuando doloroso.
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