
Lo mejor de la tarde ha sido cuando: "Que soy J., ¿qué pillamos para cenar mañana? ¿te vienes a tomar unas cervezas? Después veremos al Barça". Y yo: "J., que me pillas en una reunión, si salimos pronto te llamo. ¿Quién te ha dado este teléfono?".
La historia es que, en vez de cancelar la reunión, nos hemos ido B. y yo y se les ha explicado la situación de por qué faltaba la tercera persona. En medio de la reunión me ha sonado el móvil y como todos los números son desconocidos podía ser una urgencia. Como mi móvil lo tiene mi madre, me ha extrañado escuchar a mi amigo J. al otro lado para ¡comprar chuletas! Es que mañana es fiesta en mi pueblo, no habrá nada, pero nosotros haremos cena en una bodega. Es posible que en un rato les llame a ver dónde andan y, aunque me guste el Barça, no estoy dispuesta a ver un partido.
Antes de salir, también B. se me ha desmoronado. He tenido que animarla. Conozco el tema, pero desconocía que la cosa fuera tan grave. Cuando comienza lo malo, suele venir todo de golpe. A ella la tengo que animar, abrazarla a veces, frotarle la espalda y acercar mi hombro para que se desahogue. En esos momentos me sorprende descubrir que a veces tengo que hacer las funciones de un pilar que soporte la moral de muchas personas que me rodean. Es así.
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