
Es sorprendente cómo a veces piensas que puedes llegar a algo y no consigues alcanzarlo. Hace un rato, he visto que una persona caminaba por delante de mí. Es una persona que parece que camina despacio, así que he acelerado mis pasos, y ni aun así he conseguido alcanzarla. Así que no he podido saludar a esa persona, a pesar de que una vez ha mirado para atrás, pero yo miraba hacia abajo, o andaba buscando algo en el bolso. Cuando he alzado los ojos, estaba volviendo la cabeza hacia adelante.
Y esa persona me ha llevado a otra. He buscado sus ojos en mi memoria, sus labios, su voz, sus manos, su pelo, su genialidad en todo. Y digo esto porque me cuesta rememorar su imagen a medida que van pasando los días, me resulta de un esfuerzo titánico recordar todos sus rasgos tal cual. Sería sencillo mirar fotos, pero para mí las mejores fotos son las que ven nuestras retinas, las que se quedan en la memoria, las que se almacenan en los recuerdos. Me agrada que mi mente dibuje y moldee sus rasgos cada vez, aunque a medida que pasan los días me cueste más y más recordarle bien. Lo que no me cuesta recordar son aquellos aspectos de su personalidad, su manera de pensar, su bondad, su nobleza, su forma de mirar las cosas, su educación, su caballerosidad, su sabiduría... Pero su aspecto físico me cuesta recordarlo, excepto su sonrisa y su mirada, una sonrisa y una mirada que llegan al corazón. En mi mente las rememoro en solitario, lo que me cuesta es rememorar los rasgos angelicales de su rostro en su conjunto.
Me pregunto cada día dónde estará, con quién estará, qué andará haciendo... Todos los días, al caer la noche, me obligo a reprimir el impulso de decirle algo aunque, paradójicamente, se lo termine diciendo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario