
Cuando me iba a casa, a mitad de la calle en que entraba, he visto su coche. Eran más de las diez, pero él ahí seguía. En mi imaginación me daba la vuelta, subía unas escaleras y le pedía que me abrazara fuerte. En la realidad, he seguido conduciendo, deseando llegar a casa cuanto antes, escuchando Noches de bohemia en la radio, entre varias canciones, a cuál más triste.
He recordado que a las dos también estaba su coche ahí, que me he equivocado de calle y la rutina de pasar siempre por esa calle me ha llevado por ahí, aunque luego haya tenido que cruzar todo SD para ir a lavar el coche.
En las dos ocasiones he sentido su abrazo imaginario, he sentido que esa proximidad me reconfortaba de una manera extraordinaria. Ahora, sin ir más lejos, cuando lo recuerdo, me siento un poco más ligera.
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