
Anoche descansé como hacía tiempo no lo hacía. Me quedé dormida con el libro encima, pero a los pocos minutos abrí los ojos y apagué la luz. En la agradable somnolencia que me acompañó después unos brazos me rodeaban y mi cabeza se apoyaba en su pecho. Es agradablemente dulce dormirse así. No me extraña que haya dormido de un tirón, que esta mañana no me haya costado nada levantarme, que esté contenta, que cuente con energías nuevas y que se hubieran reactivado las ilusiones.
Hoy me siento viva. Busco sus ojos en cada persona, en cada objeto, en todo lo que me rodea. Y sonrío inexplicablemente, inmersa en un baño de sol y disfrutando de cada minuto.
Todo esto se escapa de la más pura lógica. Pero es agradable esa sensación.
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