
Es la segunda vez que salgo a la calle esta mañana: la primera ha sido para ir a ver los motivos de decoración y, aunque nos han dicho que nos invitaban a café, hemos vuelto a la oficina sin pisar la cafetería. Pero ahora bajo exclusivamente a tomar un café, a despejarme un poco y a desconectar, aunque sólo sean cinco minutos. Pero esos cinco minutos obran un milagro: cuando vuelva a subir habré mirado al sol de frente y el aire me habrá acariciado la cara. Necesito ese café.
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