miércoles, marzo 17, 2010

Cuando llega la melancolía

Cuando me encuentro en un estado de melancolía total, mi mente suele dar vueltas y vueltas. Al final, te das cuenta de que pensar no siempre viene bien, que a veces hay que dejar a la mente descansar, que esté en blanco, aunque un rato después vuelva a empezar. En estos momentos, me encuentro fluctuando entre estados de melancolía brutal, como ayer a última hora, que se alternan con días cálidos donde me encuentro sonriendo sin motivo aparente, aunque esta situación esté condenada a la fugacidad. Hoy me encuentro feliz, aunque sé que mañana podría levantarme en el lado opuesto de este baremo, por eso la importancia de vivir cada momento.
Cuando pienso, me encuentro recordando momentos del pasado que quizás fueron mejores, aunque nunca me gusta decir que el pasado -tiempo ya caduco que no regresará- es mejor que el presente o el futuro que vendrá. Siempre nos queda un trocito de felicidad guardado que aparece cuando menos lo esperamos; puede ser ahora, puede ser mañana... puede ser en cualquier momento inoportuno o en cualquier instante inesperado. La felicidad nunca avisa cuando llega, aparece sin más. Aunque yo tengo claro que la felicidad está en el presente y en nosotros mismos, aunque en nuestros ojos veamos que el mundo que nos rodea es un tanto sombrío.
En momentos de melancolía, siempre termino preguntándome si estoy más feliz ahora que nunca y, por lo general, al pensar en la felicidad termino creyendo que ahora estoy feliz, aunque realmente no me sienta pletórica. Para encontrarse con la felicidad, no tiene que existir necesariamente alegría ni tiene que amanecer un día perfecto. El estado de felicidad llega desde el espíritu, está ahí, depende del conformismo o inconformismo de cada uno. Es decir, yo puedo encontrarme feliz con el simple hecho de observar el paisaje que me rodea cuando vengo hacia aquí, puedo recrearme en la inmensidad de la naturaleza que se extiende a mi alrededor, incluso más allá de donde el ojo humano puede llegar. Puedo ser feliz, aunque sienta que una garra dolorosa me aprisiona por dentro, aunque sienta la nostalgia del vacío, aunque tenga ganas de llorar. La felicidad sigue ahí, aunque mi mundo esté cargado de tristeza.
Cuando llega la melancolía tiendo a soñar: viajo a momentos que he vivido e imagino aquellos que me quedan por vivir. Sueño porque siempre ocurre algo que puede ser mejor. Pero los sueños son únicamente sueños.
A veces, vuelvo la vista atrás, a un tiempo muy lejano (aquí no incluyo el último año) y me siguen quemando unos recuerdos que no quiero recordar, veo la crueldad de unos ojos, sonrisas cargadas de mentiras e hipocresía, unos dedos que nunca más serán y las lecciones que aprendí. Recuerdo el momento exacto en que aprendí a desconfiar, a dudar, a huir.
Miro al futuro y veo los pros y los contras. He aquí uno de los momentos que aprovecho para ser feliz: cuando pienso en positivo y digo que todo saldrá bien (aunque en el fondo esas ilusiones estén vacías) y, como ahora, veo el reflejo de mi sonrisa en la pantalla. De repente, esos pensamientos se ven truncados por todo lo peor que puede imaginar un ser humano, por lo más pesimista, y entonces lloro, y me siento débil, y no puedo parar, me entran unos escalofríos que no puedo controlar y, como ahora, veo borrosa la pantalla porque mis ojos están encharcados en lágrimas...
Me encuentro un poco a la deriva, a veces me da la sensación de que me cuesta controlar mi vida (en realidad, los incontrolables son los sentimientos, porque mi vida la controlo perfectamente) y aun así me siento viva. ¡Qué traicionera es la mente! Si a veces es mi aliada, otras es mi más eterna enemiga, aquella que en las noches más crudas no me permite conciliar el sueño.

Hoy me he preguntado "¿Qué pienso cuando no pienso en ti?". La respuesta está en la parrafada anterior.
¿Qué pienso cuando no pienso en él...? No es una respuesta difícil: si no pienso en él la melancolía inunda todo mi ser.
Necesito un abrazo, un abrazo suyo, y esta noche lo crearé en mis sueños.

El beso de Gustav Klimt es uno de mis cuadros preferidos. Me gusta la delicadeza de las pinceladas, la profusión de las formas y, sobre todo, la cara de la mujer, que parece estar muerta. Durante un año, tuve esta pintura sobre la cabecera de mi cama y, siempre que lo miraba, sonreía.

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