
Ahora sí que va siendo hora de marchar. Me sorprende irme tan pronto, en relación con otros días, y tan tarde en relación a lo que les había dicho a mis amigos. Aunque luego cenemos a las diez: yo prestaba la bodega, pero no estaba allí para dar las llaves. Nadie es imprescindible, porque al final mis amigos están en la bodega y no han necesitado que estuviera yo para entrar. Estaban jugando al póker cuando les he llamado para explicarles mi demora.
No creo ni que me pase por mi casa para nada. Iré directamente a la bodega y me acercaré al fuego para entrar en calor. Siento que me pesan los ojos, así que tampoco creo que esté hasta muy tarde.
Me pregunto si seguirá estando su coche donde lo he visto a las cuatro de la tarde. Su imagen revolotea en mi mente, viene y va, me resulta placentera, me reconforta pensar en él. Me pregunto si le habrá crecido la barba, si seguirá teniendo la misma mirada profunda, si su voz seguirá siendo como una melodía para los oídos...
Se acerca la hora de marchar. Al menos sé que sobre las nueve estaré con mi gente.
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