miércoles, julio 07, 2010

Al terminar la tarde

Salía cabizbaja de una reunión, caminaba paso a paso. No es que haya salido mal, es que la gente empezaba a hablar y no me dejaban explicarles nada. Y eso merma la moral.
Iba con mis carpetas cuando, al dar la vuelta a la esquina, él. Mi mente se ha acelerado, me ha dicho algo así como: "se va, se va". Así que he caminado más deprisa sólo para saludar. Y allí estaba la señora de Correos, que se me ha quedado mirando, seguro que pensaba: "¿de qué conoceré a esta chica?". Verle me ha animado un poco, claro, es él, eso que transmite con su presencia.
He seguido caminando. E iba pensando que tenía la voz reseca, que necesitaba una cerveza y que mi padre está viendo el partido en el casino. ¿Y si le llamo y le digo que se acerque? Pero a quién debía llamar: a la persona que acababa de ver o a mi padre. De repente, me apetecía tomar algo con él. Mirarle a los ojos y decirle que está guapísimo.
Y volverle a mirar después para explicarle que su mirada me da media vida. Y sonrojarme, sin importarme si en la televisión está jugando España. Mirarle y tirarme de cabeza. Alzar mi mano y tocarle la barba...
Sí, me apetecía quedar con él en ese momento. En parte, porque estoy algo alicaída y sé que unos minutos con él me harían olvidar las últimas horas, pero también para perderme en él.
Pero el número que he marcado ha sido el de mi padre y, ya sentada en la terraza, ha vuelto a pasar con el coche. Entonces me he dado cuenta de que debería haberlo intentado: llamarle digo, decirle que nos perdiéramos por ahí. ¿Por qué no lo he hecho? Creo que tengo miedo.
Hoy es uno de estos días en que no tengo ganas de nada, sólo tengo ganas de él, pero él es alguien muy lejano, es casi inaccesible. Yo daría un mundo por él, por un minuto con él, pero... ¿y él? ¿qué haría él?

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