miércoles, julio 28, 2010

Las olas que vienen y van


Son momentos inexplicables. Ayer me sentía completamente alicaída porque llevaba dos días (o tres) sin verle. Y hoy es como si estuviera flotando sobre nubes de algodón. Además hoy me encuentro más soñadora que otros días.

El amor es así, como el mar. Como las olas que vienen y van. A veces traen con ellas restos de naufragios, o se llevan una parte de ti, puede ser la más pesimista, pero también la más optimista. A mí ayer las olas me robaron una parte de la sonrisa y se llevaron la magia, pero esta mañana me la han devuelto. Esas olas cuyo rugido incesante produce a veces tranquilidad y, en otras ocasiones, desasosiego; esas olas traidoras que tantos castillos de arena han destruido, que se repliegan en la resaca y vuelven gigantes al amanecer. Y depende del día traen esperanzas y se llevan todas las penas, aunque a veces se llevan lo mejor y te dejan con las manos vacías.
Me encanta el mar. Yo creo que debería haber nacido junto al oleaje sempiterno de una ciudad costera. Claro que pensándolo bien, mejor haber nacido donde nací, porque si fuera ‘marinera’ no habrían mis ojos encontrado la nobleza de otros ojos, la ternura de sus manos, la dulzura de su voz; no habría mi corazón conocido un latido tan potente como aquel que resuena cuando está él ni habrían conocido mis labios las palabras de amor que surgen al sentir plenamente todo esto que siento.

He descubierto la esencia del amor.

A veces, me da la sensación de caminar por un vasto jardín lleno de flores. La vista es magnífica, las fragancias son penetrantes, el ruido de la naturaleza me extasía. Y en el éxtasis me encuentro cuando a veces toco alguna rosa llena de espinas, que rasgan mi piel hasta que una gota de sangre me lleva a la amargura del dolor. Pero ese pinchazo es tan efímero como el soplo del viento, pues una vez pasada la brisa ya no vuelve. La sangre desaparece y la huella de la espina queda en tus dedos. Cada marca profundiza más en mi corazón, cada marca hace que, instantes después, le quiera un poco más que el momento anterior. Y tengo los dedos llenos de pinchazos de espinas que no había visto, pero también mi corazón se ha llenado de sentimientos que nunca había conocido.

Es amor. A veces es blanco, a veces negro, pero es amor al fin y al cabo. A veces duele, pero son mínimas; pasado ese momento de desazón, vuelve la felicidad más absoluta. Y entonces sientes todo más. Todo es más intenso. Que me lo digan a mí. Si existe una persona en el mundo, una única persona (y ya lo creo que existe), que sea capaz de hacerte sentir así, merece la pena vivirlo, experimentarlo. Merece la pena quererle…

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