
A veces me da la sensación de que estoy ante un cuadro sin terminar. A veces me gustaría poder acabarlo, pero no encuentro el modo ni las formas para dar la pincelada definitiva. Porque me falta una parte, su parte. A veces me gustaría creer que sí, que es fácil dar los últimos toques y que, cuando el lienzo esté terminado, el resultado sería magnífico. Pero eso sólo serviría para crear ilusiones que, si no son las esperadas, temo puedan destrozarme. En el fondo, creo que algo de ese cuadro sin terminar me gusta, porque levantarme cada mañana pensando en él y sonriendo es algo que no quiero que desaparezca nunca, o encontrarme con él y sentir que el corazón quiere salir del pecho… Sin embargo, creo que debería terminar ese cuadro, independientemente del resultado. A medida que pasa el tiempo, me cuesta más dar un paso en esa dirección (creo que tengo miedo al resultado final). Y a él me cuesta muchísimo acercarme, quizás porque no sé lo que pasa por su cabeza. Ojalá el cuadro pudiera decirme lo que él piensa. De momento, esos colores diluidos en la tela no esbozan nada concreto y, de momento, están así, congelados en el tiempo. Mientras sigan así yo seguiré soñando. Aunque soy consciente de que algún día tendré que acabar esa obra, y eso significa mirarle a los ojos y sincerarme con él, por mucho que me cueste.
Cuando era una niña me regalaron un caballete con acuarelas. Ni que decir tiene que yo no sabía utilizar las acuarelas, pues en la escuela lo máximo a lo que podíamos aspirar era a hundir los dedos en temperas y plasmar huellas de manos en un papel. Sin embargo, más por curiosidad que por otra cosa, emprendí la ardua tarea de pintar. Incluso ese papel rugoso de pintora me resultaba extraño. Me costó tres días y medio realizar mi primera pintura. Era un pájaro sobre una rama, visto desde atrás, mitad búho, mitad golondrina, de una especie inclasificable que quizás había inventado al pintarlo. El resultado era bastante oscuro porque a alguien se le olvidó decirme que las acuarelas necesitaban mucha agua. Como la pintura no quedaba impresa en el papel, las alas del pájaro estaban llenas de grumos oscuros. Al menos parecía un pájaro. No volví a tocar la pintura hasta que aprendí a usar las acuarelas; para ello, tuve que leer mucho al respecto.
Aún conservo el caballete, el maletín con los tubos semivacíos, la paleta y los pinceles, aunque hace mucho que dejé de pintar. Al menos aquella primera vez terminé mi pintura. Era mi primera pintura y yo le tenía un cariño especial, pese a que era un pájaro bastante feo.
¿Y si nunca terminara la pintura de la que hablaba al inicio? Eso me recuerda a que el gran Leonardo da Vinci no se decidía a pintar el rostro de Jesucristo en La última cena, porque el genio desconocía cómo pintar al Hijo de Dios. Si mal no recuerdo, utilizó varios modelos, entre ellos mujeres, por lo que el rostro de Jesús en el famoso cuadro cuenta con extraordinarios rasgos femeninos.
“…habiendo esculpido una estatua de mujer hermosísima, se empezó a enamorar de ella… Y es que no le faltaba si no el calor sutil de la vida” (Ovidio)
Y acabo de recordar la estatua de Pigmalión, aquel escultor que talló una estatua femenina tan perfecta que se enamoró de ella y pidió a los dioses (griegos) que la convirtieran en humana, deseo que le fue concedido.
Pensándolo bien, yo no quiero una estatua moldeada por unas manos según lo que a mí me gustaría, le quiero tal cual es, sin cambiar nada de él, porque me gusta cómo es y me gusta todo de él; ni quiero un cuadro a medio terminar, desconociendo cuál será la siguiente pincelada. Lo que yo quiero es acariciar ese rostro y descubrir un día que tiene una hebra de plata que el día anterior no estaba, mirar esos ojos y saber lo que piensa o perderme en ellos sin importar que él pueda saber cómo me siento o lo que estoy pensando, reírme con él sin más, robarle besos, posar mi mano en su mejilla y ruborizarme porque me mira fijamente y apartar los mechones de su pelo con cariño y estremecerme con ese sutil roce. Perderme en él, simplemente perderme en él. Eso es lo que quiero.
Me encanta la historia del arte, pero en estos momentos la mejor obra de arte es él, y quiero redescubrirla cada día.
¿Cuál es la mejor obra de arte sino aquella que nunca te cansas de admirar…?
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