
El trato con la gente quema mucho. Durante una conversación, por teléfono, de media hora he tenido más paciencia que el santo Job. Pero al final me he cabreado. Y, cuando he colgado, me he desmoronado.
Es que se puede aguantar, pero no tengo por qué escuchar cómo un tío que va de listo despotrica sin parar, y que luego encima me diga, traidoramente, que hay otra persona escuchando al otro lado. Eso sí que me ha fastidiado, no por lo que yo le haya dicho, sino por la forma vil y cobarde de esa actitud. ¿Qué pasa, necesitaba a alguien al otro lado para envalentonarse?
Al menos, estas cosas siempre se atenúan con otras personas que siempre te mostrarán su gratitud por ciertos motivos.
Yo sé lo que hago, cómo lo hago y por qué lo hago. Y hay algo que nunca falla: soy muy perfeccionista en todo. Puedo mantenerme firme ante ciertas críticas, pero no tengo por qué aguantar algunas subidas de tono, no cuando veo que tienen ganas de liarla y no tengo por qué escuchar lo que me están diciendo. No he colgado el teléfono, porque se supone que es parte del trabajo, pero no ha sido por ganas.
Estoy muy cabreada. Debería ir a dar una vuelta para que me dé el aire. No puedo hacerlo porque es obvio que no puedo dejarlo todo empantanado porque un señor se haya puesto 'gallito', pero ciertamente deseo que lleguen las siete de la tarde, porque me voy a marchar nada más que dé esa hora.
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