
Desde pequeña siempre me han fascinado los barcos, pero no todo tipo de barcos, sino los antiguos buques de madera. De ahí viene mi afición por todo lo que tiene que ver con los piratas, desde libros hasta juegos, películas… Para mí los piratas eran personajes interesantes y, de hecho, aún me fascinan.
Creo que esa afición comienza cuando un tío mayor que mi padre montaba un enorme barco de madera por piezas. Es un modelo magnífico que aún conserva en un lugar privilegiado de su casa. Cuando era pequeña y le veía construirlo siempre pensaba que de mayor me dedicaría a montar maquetas de barcos, aunque entonces me parecía algo muy complejo.
Poco después llegó otro tipo de fascinación: los barcos metidos en botellas de cristal. Durante mucho tiempo me estuve preguntando cómo metían un barco en una botella si no cabía por la boquilla de la botella. La única respuesta lógica, después de haber visto a mi tío montar aquel armatoste de barco, era que se utilizaban unos palillos para construirlos desde fuera, metiendo las piezas por separado, y se iba construyendo poco a poco, y pensaba que había que tener mucha habilidad para montarlos. La verdad es otra, porque esos barcos entran enteros por la boquilla, con las velas y los mástiles plegados, que luego con unas pinzas se izan. Tampoco andaba tan desencaminada.
Hoy esos barcos ‘embotellados’ me llevan a usarlos como metáfora del amor, como si el corazón fuera la urna de cristal y en cuyo interior vamos ‘tejiendo’ lentamente una amalgama de sentimientos que a veces son tan grandes que parece imposible que puedan alojarse todos juntos en su interior. Curiosamente, cuanto más siento, más ligero noto el corazón, aunque los latidos sean tan fuertes que a veces temo que puedan escucharlos las personas que me rodean. Y cuando esos sentimientos se han alojado en el corazón te preguntas cómo es posible. Como la botella, el corazón al principio no tenía nada, y de repente un día está lleno. No con un barco, sino con algo más potente y con una fuerza atroz. Y es de una hermosura tal que resulta complicado describir esa belleza.
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