
Esta mañana me he levantado con algo pendiente que hacer. Antes de desayunar había hecho varias llamadas urgentes. Después he seguido llamando sin parar. Siempre tengo que hacer llamadas pero nunca las hago antes de las diez. Sólo que hoy me estaba preparando, de algún modo, para una llamada muy importante, quizás para quitarle hierro, porque en el fondo de mí sabía que me iba a poner a temblar en cuanto marcara ese número.
Su voz sensual ha sonado risueña al otro lado. Él estaba encantador, como siempre. Yo creo que no esperaba mi llamada tan pronto, creo incluso que no esperaba mi llamada. Quizás un mensaje o un correo electrónico, pero el caso es que yo siempre llamo por teléfono en todos los cumpleaños (que no se me olvidan). Por experiencia sé que si lo hubiera dejado pasar quizás luego me hubiera costado más o quizás se me hubiera olvidado, aunque esto último es harto difícil.
He tenido mucho trabajo esta mañana y cientos de visitas. Al final, cuando he mirado el reloj y he visto que pasaban de las doce, he decidido tomar un café, así que aprovechando que había un señor que decía conocer a toda mi familia, nos hemos ido al café. Algo dentro de mí me decía que iba a estar allí, y no me he equivocado. Mis pasos me han llevado a él, a darle dos besos, a desearle un buen día. Estaba encantador, estaba guapísimo y ¿tan rápido ha sido nuestro intercambio verbal? No recuerdo haberle mirado a los ojos, supongo que sigo ruborizándome y, en el fondo, me daba algo de palo, porque había mucha gente a su alrededor.
Después, cuando el señor con el que yo tomaba café me ha hecho reír sentía que las manos me temblaban, he decidido que era momento de marchar.
A partir de ese momento, me he sentido completamente feliz. Es su magia.
Pues ojalá aún no le hubiera llamado, porque aún tendría esa llamada pendiente.
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