jueves, julio 29, 2010

El diamante azul

Imagino la piedra preciosa más cara del mundo: es un diamante azul de 7,03 quilates subastado en 2009 en Ginebra por 10,5 millones de francos suizos (unos 7 millones de euros); a millón de euros el quilate, que se dice pronto.
A mí esa piedra no me dice nada, no lo considero más que un pedrusco, que sí, puede ser muy valioso, pero no significa nada. Demasiado apego por las cosas materiales.
Lo que de verdad tiene valor no se puede tocar, ni se puede ver. Está oculto a nuestra vista. En estos momentos para mí es más importante una mirada de esa persona tan importante, o que me sonría, o que me hable, o el simple roce de mis dedos traspasando la fina textura de su camisa hasta su piel. E imaginar cómo sería en otra situación. Y recordar la ráfaga clandestina de placer que recorre mi cuerpo y me pone la piel de gallina con ese leve contacto.
Las cosas son... simples cosas. Lo que te aporta una simple mirada es algo que sólo se puede sentir, y lo que se siente viene desde el interior, no está al alcance de las manos. Dura segundos y, ahí, en esa fugacidad, es donde se origina lo valioso. Yo colecciono sus miradas, porque ninguna es igual a la anterior, todas son diferentes. Me encanta observar la forma sutil en que cierra lentamente los ojos, y en esa milésima de segundo le plantaría un beso en cada párpado, antes de que vuelva a abrir los ojos.
Esos momentos sí que son de un valor incalculable.

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