
Podría haber salido, pero hoy no me apetecía. No tenía ganas de tomar un café en el bar, ni de ver las estrellas que quizás estén ocultas por unas turgentes nubes que se han asomado en el horizonte del atardecer.
Al final, me he quedado en casa, donde leo tranquilamente bajo el foco azulado de una lámpara de mesilla. A veces levanto los ojos del libro (del final del libro) y pienso en una persona. Es entonces cuando me pregunto qué estará haciendo, si estará durmiendo ya, si le volveré a ver mañana.
Me encanta el color de las mandarinas.
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