La vida me ha enseñado muchas cosas. He disfrutado algunas; otras, no tanto. He llorado de rabia, de impotencia, por algunas palabras agrias; he aprendido a escribir con la paciencia de quien sabe que el resultado será algo impoluto; he aprendido a llorar, a querer, a soñar, a luchar, a imaginar…
La vida me ha enseñado a ser feliz a mi manera, pero nunca era felicidad completa. Aprendí a sonreír y durante mucho tiempo tuve la sensación de que me faltaba algo. En mi vida tuve todo, con mis manos toqué todos los elementos, probé actividades que me llenaran tanto como para olvidar que había una parte de mí que nunca se terminaba de llenar, que siempre se mantenía vacía…
La vida me ha enseñado a distinguir entre el bien y el mal, la tolerancia y la indiferencia, la tristeza, la soledad y la euforia; he aprendido a valorar aquello que siempre pasa de largo y, cuando nos queremos dar cuenta, ya se fue; he aprendido a atesorar las cosas más pequeñas porque a través de ellas siempre llegan cosas más grandes.
La vida me ha enseñado a querer a todo el mundo, a no juzgar por las primeras impresiones, a dar una oportunidad a todas las personas. Lo que la vida jamás me enseñó era cómo llenar aquel vacío.
Un día, hace unos meses, sentí la plenitud. Llegó sin darme cuenta. De repente, todo lo que me rodeaba era demasiado hermoso, demasiado perfecto, demasiado majestuoso. Y comprendí que un ángel llenaba el vacío que siempre sentí y que jamás, por mis propios medios, había conseguido llenar. De repente un día llegó alguien que me dejó anonadada. Entonces sentí el amor.
Ahora me da la sensación de que esa persona siempre ha estado ahí. ¿A quién no le ha ocurrido nunca que parece conocer a una persona desde el principio de los tiempos, y no desde hace tan sólo unos meses (que es algo más de un año en realidad)?
¿Cómo no iba a brindarle yo cualquier cosa que me pidiera, cómo negarle algo a ese ángel, después de todo lo que me da él cada día?
Hay cosas que la vida jamás me enseñó. Pero ¿qué importa? Prefiero vivirlo intensamente, sin que nadie me lo cuente, vivir y disfrutar de cada minuto y saborearlo hasta el máximo.
“Le quiero tanto que me iré de esta vida debiéndole otra”.
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