
Estaba en el Parador, en una conversación importante, con dos señores cuya identidad no voy a concretar. Entonces mi mirada, frente a la rotonda, se ha visto impulsada a observar hacia delante para verle pasar. Rápidamente, pero ese perfil lo conozco demasiado bien. No creo que me haya visto, aunque estábamos en la calle, bajo los arcos del Parador.
He sentido que algo de mí escapaba en pos de él, y he sentido que mi rostro se relajaba y sonreía a los dos señores, como si en ningún momento hubiera perdido el hilo de la conversación, que yo seguía escuchándoles, pese a que mi mente y mis ojos se han desviado en otra dirección durante unos segundos. Los segundos de la dicha.
No sé qué hora era.
Un rato después me marchaba con una sonrisa de oreja a oreja.
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