Diversas panorámicas de Tokio desde la Torre de Tokio; en una se ve la bahía
Cuando llegué a Tokio era de noche. Sentía que me costaría siglos encontrar el hotel, pero la estación en la que me apeé, Shinagawa Station, era demasiado pequeña en un Tokio lleno de edificios gigantes. Mi hotel se llamaba Shinagawa Prince Hotel, así que al menos estaba segura de la zona (Shinagawa) y de lo que me costaba decir ese palabro, que al final no era tan difícil de pronunciar, algo como ‘Sinagavá’ (por influencia del inglés, al principio yo decía algo como ‘Sinagagua’ y con tanta G me trababa con enorme facilidad).
Torres del hotel desde Shinawaga Station
Mi primera impresión de Tokio no la recuerdo muy bien, aunque recuerdo que pensé: “¡Cuánta gente!”. Con 8,7 millones de habitantes se nota, claro que se nota. Un amable japonés me indicó dónde estaba el hotel, y fue amable porque él me había visto preguntar antes de bajarme del tren y, ya en el andén, se acercó a mí para señalarme con el dedo a las enormes torres iluminadas enfrente donde ponía el nombre del hotel.
Estuve en un 18º piso. Pero allí el vértigo desaparecía de algún modo, pues todo lo que ves son rascacielos. Es decir, si los edificios fueran más bajos que donde me encontraba es posible que tuviera algo de vértigo, pero al ser todos de alturas similares la cosa cambiaba. Una vez más, la ventana no se podía abrir, aunque tenía un aparato junto a ella para que entrara aire de la calle.
En Tokio estuve muchos días. Como una entrada sobre todo Tokio sería inmensamente larga, lo dividiré en tres entradas diferentes, según lo que vi cada día: Tokio en general, Akihabara y Ginza, haciendo un paréntesis para hablar del santuario de Nikko.
La capital de Japón se encuentra a orillas del río Sumida, junto a la bahía de Tokio. La antigua aldea pesquera de Edo se convirtió en el centro del poder del sogunato a finales del siglo XVI. La Shitamachi (ciudad baja) de los mercaderes y artesanos servía a la elite política e intelectual de Yamanote (ciudad alta), situada en las colinas del oeste. Rebautizada Tokio y establecida como capital en 1868, la ciudad fue devastada por el terremoto de Kanto (principios del siglo XX) y por los bombardeos de la IIª Guerra Mundial. Desde entonces, se ha erigido en una de las ciudades más modernas y enérgicas del mundo.
Algunas zonas importantes:
Shinjuku
• Shinjuku oeste: Es una zona de rascacielos elevados que ofrece una prueba visible de la riqueza de Tokio. Los edificios más impresionantes son los de las oficinas del Ayuntamiento de la ciudad, diseñadas por Tange Kenzo.
• Shinjuku este: Se llena de vida cuando Shinjuku oeste se vacía. Abarca un barrio rojo, innumerables bares y varios locales de entretenimiento, desde cines hasta salas de pachinko.
• Shibuya: Es una mezcla de grandes almacenes y pequeñas tiendas destinadas al público joven. Junto a Shibuya se encuentran las zonas comerciales de Harajuku y Minami-Aoyama.
• Akihabara: Es el barrio de la electrónica, donde se pueden encontrar magníficas gangas en aparatos electrónicos. Los domingos los japoneses suelen acudir a este barrio disfrazados de sus héroes de manga favoritos.
• Parque Ueno: Es uno de los espacios verdes más extensos de la ciudad y suele estar abarrotado de tokiotas. Merece la pena visitarlo para ver sus cerezos en flor, para disfrutar de sus estanques con barcas y de sus numerosos templos, santuarios y museos.
• Asakusa: Ofrece una mirada al Tokio tradicional. Cuenta con numerosas tiendas de artesanía en la calle de acceso principal, que termina en el templo Senso-ji.
Ginza
• Ginza: Es el barrio elegante de Tokio, un lugar para ir de compras a sus numerosos grandes almacenes, llenos de marcas internacionales. En la zona hay restaurantes excelentes y es, junto a Shijuku, la zona donde se ven a elegantes hombres de negocios.
• Jinbocho: Zona de Tokio que ofrece innumerables librerías de todo tipo y a precios razonables.
• Tsukiji: Aquí se encuentra el famoso mercado de pescado que se puede visitar por las mañanas.
Torre de Tokio
La torre de Tokio es uno de los monumentos más emblemáticos de la ciudad. Se ubica junto al parque Shiba. Construida en 1958, tiene una altura de 333 metros, llegando a ser más alta que la Torre Eiffel, a la que toma como modelo. La torre de Tokio tiene dos observatorios (a 150 y 250 metros de altura) desde donde hay unas magníficas vistas de la ciudad, sobre todo si el día está despejado. En la planta baja hay un acuario.
Para empezar a ver Tokio no está mal comenzar el día por la torre que fue la más alta de la ciudad en el pasado, hasta que los grandes rascacielos la sobrepasaron en altura. Es uno de los iconos de Tokio y merece la pena la visita.
Debo decir que el guía de ese día era un señor mayor muy majete, que llevaba un gran pez azul como reclamo para guiarnos de un sitio a otro. De la torre nos fuimos al Happoen Garden a ver cómo es una verdadera ceremonia del té. Si un japonés te invita a té recién hecho es un orgullo y, por tanto, sería una descortesía rechazarlo. La ceremonia del té está cargada de un enorme simbolismo: cada elemento, cada gesto, cada movimiento, cada utensilio debe estar en su lugar y todo se hace con la máxima dedicación.
Valorado por sus cualidades medicinales, el té fue importado desde China en el siglo VIII. La nobleza puso de moda beberlo en las grandes fiestas, y Murato Shuko desarrolló más tarde los aspectos espirituales del hábito que tanto impresionaron a los samuráis. La finalidad del ritual (chaji), en el que el anfitrión sirve a un grupo de invitados una comida ligera y té en polvo batido (matcha), se resume con la expresión samurái “ichigo” (una vida, una reunión). En otras palabras, se trata de un momento único de valor incalculable. Tiempo después, los utensilios chinos fueron reemplazados por otros autóctonos.
Llegábamos una serie de treinta personas y nos sentamos en una casa de té japonesa, que son como terrazas cubiertas sin cristales, de ahí que se pueda admirar la naturaleza. Donde estábamos había un enorme jardín y pudimos ver cómo cuidaban a los bonsáis. Todo era de madera y, antes de comenzar el ceremonial, dos japonesas con el traje tradicional nos ofrecieron un wagashi (dulce).
La casa de té ceremonial es una especie de cabaña con jardín, casi todo en madera, desde la terraza hasta las mesas y los bancos, que se sitúan tanto en el exterior como en el interior.
La ceremonia del té comprende una serie orquestada de eventos. El ritual implica reunirse con los amigos, pasear por los jardines de la casa de té, realizar abluciones, entrar en una especie de celda, encontrarse con el anfitrión, admirar los rasgos de la habitación y los utensilios del té, inclinarse y consumir la comida y el té. Cada parte del ritual tiene su simbología, pero lo más importante es saber apreciar el momento.
Los utensilios reflejan simplicidad, refinamiento y comedimiento, valores propios del zen.
El té recién hecho me lo ofreció la japonesa a mí. Había treinta personas y tuvo que ofrecérmelo a mí. Luego sacaron boles para todos, pero aún así, a mí no me gusta el té. Le hice una reverencia (es parte del ritual, según nos explicaron) cuando me lo ofreció y me tomé aquel líquido verde en tres sorbos (también es parte del ritual).
Bonsái en el jardín donde disfrutamos de la ceremonia del té
Después estuvimos paseando por el enorme jardín con estanque privado que rodeaba la casa de té. Era un lugar de gran belleza, y sobre todo tranquilo. Aquello parecía cualquier cosa, menos un pulmón verde de Tokio.
De ahí marchamos a Chinzan-so, otra zona del centro de Tokio. Accedimos a los enormes jardines de Chinzan-so a través de un hotel muy lujoso, con enormes arañas de cristal y alfombras persas más grandes aún. Estos jardines son otro de los pulmones de Tokio. Hay muchísimos puentes, cascadas, árboles y plantas traídos de un sinfín de lugares e incluso una pagoda.
Árbol milenario en Chinzan-so
Eran las once de la mañana cuando nos dirigíamos a uno de los restaurantes japoneses ubicados en un lateral del jardón, creo que se llamaba Mokushun-do, aunque no estoy segura, porque miro el mapa y hay varios restaurantes juntos.
Allí había unas planchas en todas las mesas donde te iban sirviendo la comida recién salida de la plancha. Alimentos como filetes de ternera y cerdo, zanahorias, cebollas, pimientos… Todo pasaba por la plancha e inmediatamente iba siendo servido por las camareras. Eran mesas de ocho y había dos planchas y dos camareras por mesa.
Allí fue cuando me explicaron que el cuenco de arroz siempre se ponía a la izquierda del plato principal y el cuenco de sopa. Hasta entonces no me había fijado, pero así era. Y todo con palillos, aunque aquí tenían cubiertos, por si no sabías utilizar los palillos. Para entonces, yo había ganado en práctica y rapidez.
Al salir del restaurante, me sorprendió ver a una chica abrazando el enorme tronco de un árbol. Y es que en aquel jardín también hay árboles sagrados. He de hacer una matización: aquel no era un jardín como aquellas obras zen que habíamos visto, por ejemplo, en Kyoto, sino que allí crecían los árboles y arbustos de una forma tan desordenada que sólo el camino empedrado que serpenteaba por aquella colina (Monte Camelia) te hacía pensar que no estabas en la selva.
Cogimos el autobús para ir a la plaza del Palacio Imperial, que está situado en Shinjuku. Está cerrado al público y apenas se ve una torreta y un puente desde la explanada. En este palacio viven en emperador y su familia. Fue bombardeado durante la IIª Guerra Mundial y reconstruido poco después.
Es interesante la zona de Shinjuku, que es donde se concentran el mayor número de rascacielos de Tokio. Cerca de 250.000 personas acuden aquí todos los días a trabajar. En 1960, el Gobierno designó a Shinjuku futukoshin (segundo corazón de la ciudad). Cuando en 1991 el Ayuntamiento se trasladó al impresionante edificio (antiterremotos) de 48 plantas proyectado por Tange Kenzo, muchos empezaron a denominarlo shin toshin (la nueva capital). El edificio fue apodado por algunos la "Torre de los Impuestos" debido a su coste: un billón de dólares.
Cuando bajábamos por la explanada empezó a llover ininterrumpidamente y no paró en lo que quedaba de día.
Bahía de Tokio y río Sumida desde el muelle
De allí nos fuimos a hacer un crucero por el río Sumida que, teniendo en cuenta la lluvia y lo gris que estaba el día, no apetecía mucho. Al menos el barco era un prisma de cristaleras por todos los sitios, incluido el techo (era muy raro).
Barco en el que subimos para hacer la travesía por el río Sumida
Pero no se disfruta bien un crucero con el día que hacía. Subimos al barco en Hamarikyu y bajamos en Asakusa una media hora después. Fue una pena, porque se hubiera disfrutado mejor con un día soleado.
Entrada a la calle Nakamise
Asakusa
Asakusa es una zona típica japonesa, un lugar lleno de tiendas típicas en la calle (Nakamise Street) que van en una sola dirección: hacia el templo que se ubicaba al fondo. El templo Senso-ji o el templo de Kannon es el más sagrado y espectacular de Tokio.
En el siglo VII, dos pescadores que faenaban en el río Sumida pescaron una estatuilla de oro de Kannon, diosa budista de la piedad y la misericordia, y se le consagró un santuario que terminó convirtiéndose en un templo donde se veneraba a la diosa. Es enorme, aunque en la actualidad están restaurándolo.
En el exterior del templo, había unos círculos empedrados, donde muchos se colocaban mirando hacia la entrada principal del templo y hacían reverencias durante un rato o rezaban.
Detrás del templo nos esperaba el autobús para llevarnos de vuelta al hotel. Todos los autobuses que llevan excursiones de turistas en Tokio son amarillos y pone Hato en letras coloradas.
Hato viene a ser una marca de autobuses. Nadie disfrutó mucho de aquella zona porque llovía sin parar. Allí me compré un gorro japonés, que viene a ser más alargado en la parte posterior de la cabeza (no sé para qué, porque el pelo ya se me había mojado).
Algunas panorámicas de Tokio:
3 comentarios:
Impresionante. Debe ser una de las ciudades más espectaculares del mundo O_O
Lo es.
Nada, cásate y así la ves :D
Tokio es impresionante, la verdad.
Me costaba escribir esta entrada porque siempre me da la sensación de dejarme algo. Lo iba haciendo poco a poco.
Jaja, en ello estoy. Me faltan menos de dos años, pero aún lo veo muy lejano.
Normal tener esa sensación. ¡Esta ciudad es de las que no se acaba nunca!
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