Aprendí a hacer barcos de papel yo sola, hace ya algunas décadas. Insistí tanto que, dándole vueltas a la cabeza, de no saber fabricarlo, conseguí de repente tener una flota de barcos a mi vera. En cuanto hice el primero, que apareció sin avisar, fabriqué muchos más de todos los tamaños y colores.
Al principio estaba la hoja en blanco, sin arrugas. Y de repente se había convertido en un barquito. Nunca me propuse hacer más figuras de papel, pero estoy segura que me ocurriría lo mismo que con el barco.
Es difícil que tenga ante mí una hoja de papel en blanco. No me gusta que estén en blanco. Si no la moldeo con las manos, suelo llenarla de palabras, porque es raro que nunca tenga nada que escribir. Siempre he pensado que si quiero escribir, escribo y punto, sin pararme a pensar lo que voy a decir, porque las mejores frases siempre salen solas, como el barco de papel. Nunca me replanteo eso de: “no tengo inspiración, no sé qué escribir; pues considero que la inspiración llega a medida que escribes”.
Pero la hoja en blanco es mucho más que una hoja de papel. Al mirarla veo cómo era mi corazón hace unos meses, cuando sentía que me faltaba algo, cuando pensaba que no existía nada ni nadie en el mundo que pudiera llenar ese vacío. Hoy en día, ha dejado de ser una hoja en blanco para convertirse en un lindo barquito de papel. Poco a poco ha ido moldeándose, lentamente, se ha creado algo de belleza insólita.
Lo que ocurre es que a ese barco le falta algo. Le falta agua. Sé dónde tengo que buscar el agua o quién me la puede dar, pero no me atrevo a ir a buscar ese trozo de mar. El corazón convertido en barco necesita navegar, porque si no los sentimientos corren el riesgo de enmohecerse o de apagarse.
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