Kanazawa estuvo protegida históricamente de la influencia exterior por su ubicación, entre las montañas y el mar, y por su elevada producción de arroz. Durante el siglo XVI, mientras el resto del país vivía en la inestabilidad, la zona, conocida como Kaga, gozó de tres siglos de paz y se convirtió en el territorio más rico del país. La abundancia propició el desarrollo cultural, atrayendo a los artistas desde Kyoto. Al ser una ciudad poco industrializada, se salvó de los bombardeos de la IIª Guerra Mundial.
Kanazawa amaneció aquel día con un sol deslumbrante. Lo primero que visitamos fue el jardín Kenroku-en, abierto al público en el siglo XIX. Kenroku-en significa “jardín de seis cualidades” (rasgos deseables en los jardines orientales): amplitud, recogimiento, aire antiguo, ingenuidad, agua corriente y vistas.
Lo más destacable del jardín, cuya visita se convirtió en horrible porque íbamos buscando la sombra de los árboles, era la fuente con forma de géiser y el farol de piedra de dos patas en el lago, conocido como Kotoji, porque tiene forma de puente de koto (instrumento musical japonés que vimos en otra visita en la misma ciudad, horas después).
Junto al jardín, se encuentra el castillo de Kanazawa, de la época feudal y de dimensiones astronómicas. Hace unos siglos se produjo un incendio y fue reducido a cenizas. En la actualidad, se ha reconstruido una parte. Como en la mayoría de los palacios japoneses sólo pudimos observarlo desde el exterior.
Después fuimos a fábrica de cerámica, especializada en vasos para sake. Fabricaba de todo, pero delante de nosotros vimos cómo se iba formando una jarra para sake. La fábrica se llamaba Kutaniyaki. Ni que decir tiene que esta visita me aburrió un poco.
Uno de los lugares con más encanto que recuerdo de Japón es el distrito de entretenimiento conocido como Higashi. Durante los siglos XIX y XX fue el barrio de ocio más elegante, junto a Kyoto y Edo (Tokio). La zona resulta bohemia, con sus farolillos bamboleantes y sus celosías de madera que ahora albergan restaurantes de lujo y galerías de artesanía.
Allí entramos en una ochaya (casa de geishas) ‘Shima’, que permanece igual que hace dos siglos. Era un lugar tan entrañable que daba la sensación que de un momento a otro aparecería una geisha para entretenernos con su música.
En el piso superior estaban las habitaciones con pequeños escenarios donde la geisha cantaba y bailaba; la planta baja era la vivienda. Allí había una enorme colección de instrumentos musicales de todo tipo, casi todos japoneses. Yo sólo conocía el shamisen, pues una vez me documenté al respecto. Y allí estaba el koto, que nos hizo recordar la farola del jardín Kenroku-en.
Allí mismo, en el distrito Higashi, se encontraba el almacén de pan de oro Sakuda, donde vimos cómo lo fabricaban. Kanazawa produce pan de oro desde el siglo XVI y cubre el 99% de la demanda de Japón.
El almacén de pan de oro de Kanazawa ha sido reconocido por el Ministerio de Industria japonés como material esencial para los altares budistas y otros trabajos de artesanía.
Y de allí nos fuimos a la estación de Kanazawa, que se encuentra en el centro de la ciudad y es una magnífica estructura de acero y cristal que llama la atención. Unos íbamos a Tokio y otros, los que salían antes, se marchaban a Kyoto.
Entrada a un lujoso restaurante japonés en Higashi; es interesante la decoración, aunque lo que de verdad me llamó la atención fue el par de zuecos que se pueden ver en el centro de esa estancia tras las cortinas. Quizás es porque nada está fuera de lugar…
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