
Tengo las manos tan resbaladizas que difícilmente puedo escribir sobre el teclado. Hay un motivo para tenerlas así: para un día que me pongo una falda corta me encuentro con las piernas resecas, quizás por el exceso de cloro. Mi mente pensaba: “¿Y si me lo encuentro y me ve con las piernas así? No, no, no, tengo que arreglarlo rápidamente”.
Eran las diez cuando he salido por la puerta en dirección a la farmacia. Entonces ha pasado. No estoy segura del color de su camisa: podría ser verde o marrón, sólo sé que iba guapo. No me ha visto, creo, así que he caminado calle abajo para volverle a ver pasar por una calle paralela. Para mí ya era obvio que estaba buscando un lugar para aparcar, sobre todo al volverle a ver que venía de frente. Le he vuelto a ver, con la ventanilla bajada y mirando al frente, no recuerdo el color de su ropa. Estaba guapo. Pero no me conformaba con eso. He cruzado la calle a ver si venía caminando, pero no, seguía buscando sitio. Así que he optado por marcharme a la farmacia a por la crema hidratante para las piernas.
¿Será posible que no me haya visto? Me gustan estos días en que le veo a primera hora de la mañana, porque es posible que le vuelva a ver más veces a lo largo del día.
Me siento bajo el poder hipnotizador de la magia que procede de él. Al verle, he vuelto a sentirme eufórica.
No hay comentarios:
Publicar un comentario