
Un día lees las palabras de un desconocido que te hacen sonreír, porque esas palabras, de algún modo, te impulsan a luchar por la persona que más quieres. He estado saltando de entrada en entrada, leyendo lo que escribía el verano pasado, leyendo lo que escribía cuando le echaba de menos, leyendo lo que escribía cuando me sentía triste o cuando me sentía hechizada.
No, yo ahora no podría hacerle partícipe de mis palabras porque no me atrevo, no estoy segura de querer que él sepa cuán profundo, cuán intenso es lo que siento por él. De alguna manera sí que me gustaría decírselo, pero algo me retiene. Creo que me da miedo a que sepa de mí tanto como yo, creo que me da miedo entregarle mi corazón.
Es sorprendente. Soy una persona socialmente extrovertida, pero con él me corto, con él me tiembla la voz, con él desvío los ojos porque me ruborizo con mirarle una sola vez a los ojos, y con él me siento pletórica, me siento llena, me siento contenta, me siento feliz.
Cuando en el pasado te han decepcionado tantos, llega un momento en que crees que ya no existe nadie especial como para que llame tu atención o cree tal atracción en ti que te haga cambiar de opinión. Un día, simplemente, conoces a esa persona única. Y empiezas a quererle desde el primer momento. Yo creo que él siempre lo ha sabido, desde el momento en que me acerqué a él. Sólo que es un tema del que cuesta hablar, a mí me cuesta hablar de lo que siento por él. Escribirlo me cuesta menos. De algún modo, al pensar en lo que escribo cada día, soy consciente de que no sería capaz de decirle todo eso.
Un día conoces a una persona simplemente especial. Cuando nos encontramos sólo existe él, aunque estemos rodeados de una multitud de personas. He de suponer que es un gran amor, porque nunca he llegado a sentir algo así por nadie antes.
Le adoro, porque es adorable, pero me cuesta mucho acercarme a él. Ayer, antes de ir a verle, mis piernas parecían de plomo. Después el plomo pasó a mi voz. No era seguro que le viera a él, pero allí estaba, magnífico, guapísimo, encantador. Y con esa sonrisa que besaría una y un millón de veces.
Quererle tanto me ensancha el alma. Le veo y comprendo lo mucho que le quiero. Y, en parte, me gustaría que se dejara querer. Pero para esto último tendría que decírselo. Me consta que es una persona tímida y yo no quiero que se ruborice por mis palabras. Aunque soy consciente de que es una de las pocas formas con las que se puede romper la pared de cristal que, en cierto modo, nos separa.
Eso. Hay personas a las que sólo se les puede querer. Quererle provoca un huracán en mi interior. Quererle es querer a todo el mundo. Quererle es amar el mundo que me rodea. Quererle significa sonreír a todas horas. Quererle es vivir intensamente. No podría dejar de quererle. ¿Y él? No sé, no sé si algún día podré contárselo.
Es un sentimiento bonito, eso sí.
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