viernes, julio 30, 2010

Ciego no es sólo el que no puede ver, sino el que no sabe mirar

En el colegio coincidí con una chica que estaba ciega. Con todo, a veces creo que veía más que muchos de nosotros. Incluso veía la televisión, aunque parezca extraño. Recuerdo que siempre se reía y comentaba que le gustaban las telenovelas.
Por el simple contacto sabía si estabas contenta o triste, llegaba a lugares donde mucha gente no suele llegar. A mí me gustaba cogerle sus cuadernos de braille y contornear con mis dedos aquellos puntos, para mí, extraños.
Para ella estar ciega no era ninguna dificultad, pues hacía vida normal y hacía todo lo que el resto hacíamos, excepto el deporte de después de comer, del que obviamente estaba eximida.

Muchas veces, al terminar el día, yo cerraba los ojos e intentaba acercarme a cómo ella podía sentir. El resto de sus sentidos eran muy superiores a los nuestros. Yo lo notaba en el tacto. Pasaba las yemas de mis dedos sobre su escritura y no podía distinguir los infinitos puntos que había, cerraba los ojos e intentaba contar los puntos, pero mis dedos no distinguían.

Ahora cierro los ojos y mis dedos podrían moldear en el aire un rostro angelical y adorable, como si me lo supiera de memoria. Quizás es que sus rasgos me resultan tan familiares, tan dulces, tan encantadores… que da la sensación de que los conociera de toda la vida. Y yo nunca le he tocado el rostro como le permití a mi compañera de clase tocármelo. Porque los ciegos posan sus manos en su cara, como si te hicieran su propia fotografía manual. Es su forma de ver una cara nueva.

Mis mejores fotografías están guardadas en las retinas de la memoria, y en muchas de ellas aparece él, esa persona tan maravillosa cuyo rostro sería capaz de moldear con las manos de memoria.

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