miércoles, julio 28, 2010

El surgimiento de la magia

No sabría concretar cuándo aparece la magia. Un día surge y sientes que está ahí. De repente comprendes que la magia procede de él, que la magia está en él.

Mi padre también es mago, pero es otro tipo de magia. Hace unos años me salieron unas verrugas horribles en los dedos de las manos. Mi padre aprovechó un día que dormía –yo no debía darme cuenta- para contarlas y enterrar tantos juncos como verrugas había en mis dedos, en un lugar por donde yo no pasaría. A medida que iban secándose los juncos enterrados también lo iban haciendo mis verrugas. Y desaparecieron, por arte de magia.

La magia en la que yo me encuentro inmersa en estos momentos es una magia muy diferente a la de mi padre, es la magia del amor, por mucho que me pese decirlo tan claro (aún no lo he asimilado). Miro a sus ojos y descubro en ellos lo más perfecto y maravilloso que puede verse una persona (en parte, es comprensible que me quiera perder en esa mirada cargada de una bondad infinita); observo su sonrisa y comprendo ese anhelo por besarle una y mil veces cada día; observo sus manos y ansío que me toque, que me abrace y que me reconforte, y esas manos también tienen magia, porque son tan suaves que, con sólo pensarlo, puedo llegar a estremecerme sin control (únicamente con imaginarlo); y veo su pelo y me muero por hundir mis dedos entre su cabello, atrapar los mechones rebeldes; y…

Su magia. La magia está en él. Estoy tres días sin verle y el mundo me parece plano, sin luz y sin sentido. Aparece de repente y todo es luz, plenitud y euforia.

A mí me gusta esa magia. No quiero que se pierda nunca.

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