
“La mayoría de nosotros conocemos las distintas voces de nuestra propia imaginación. Y de nuestros recuerdos, naturalmente. Pregunta a cualquiera que haya perdido un miembro, o perdido un hijo, o perdido un sueño largamente albergado. Pregunta a cualquiera que se culpe a sí mismo por una mala decisión, por lo general tomada en un instante brutalmente duro. Nuestros recuerdos tienen voces también. A menudo tristes, que claman como brazos alzados en la oscuridad”.
Cuando comenzamos un libro de Stephen King ya sabemos qué es lo que vamos a encontrar en el interior de sus páginas: terror en toda su extensión, porque King lo describe todo, hasta los detalles más simples y eso le convierte en un gran narrador. Hoy es el gran Maestro del Terror, además de un prolífico escritor que, sin salirse casi nunca de esta temática, toca todos los paradigmas del terror.
Lo que no me gusta del gran King es que los desenlaces son siempre muy rápidos. Al leer sus larguísimas descripciones o pasar las páginas y leer cómo ocurre todo lentamente no esperas que el final sea así de rápido. Es buenísimo, porque casi nunca sabe el lector a qué se enfrenta hasta ese rápido desenlace, donde todo acaba tan rápido que casi no da tiempo a saborearlo.
Tampoco he leído tantos libros de Stephen King como para hablar mucho de su escritura, aunque he leído los suficientes para comprender que se demora, se detiene describiendo para sumergirnos en la historia y que, cuando está a punto de acabar, lo deja caer como algo fugaz, como si realmente el ‘monstruo’ fuera lo de menos, como si el ‘personaje’ que causa pavor careciera de importancia, aunque esté latente a lo largo de la novela. Esto hace que queden en el estrado los protagonistas-héroes como los personajes relevantes, aunque suelen ser personas de carne y hueso.
No me extraña que las películas que hacen de los libros sean pura bazofia. Es normal que ocurra esto: es matemáticamente imposible filmar tantos detalles. De todas formas, King es un grandísimo narrador. Y leer un libro suyo es disfrutar íntegramente de la historia que tenemos entre las manos.
Duma Key es más una novela psicológica, y no es tanto el terror que emana de sus hojas, aunque ‘haberlo haylo’. El protagonista principal es Edgar Freemantle, que acaba de tener un accidente que le ha dejado manco y una cojera atroz. Al despertar en el hospital, sólo siente rabia, se le tuercen los cables y pierde la memoria. Su esposa, asustada, pide el divorcio. El psiquiatra de Edgar le aconseja unas largas vacaciones en un lugar lejano. Edgar se lo piensa y se marcha a Duma Key, en Florida. Allí ha alquilado una casa durante un año. Es una casita peculiar: de color rosa y amenazada por una tormenta que un día se la llevará consigo, como ha ocurrido con otras casas de aquella costa. Edgar llama a su casa “Big Pink”.
Al principio, su estancia en Duma Key es muy tranquila. Se obliga a dar largos paseos por la playa para desentumecer los músculos. Al fondo ve el Palacio, la mansión donde vive la anciana Elizabeth Eastlake, la dueña de casi toda la costa. Un día aparece Wireman cerca de la mansión, esperando a que un día Edgar llegue a él por su propio pie. Eso será el comienzo de una gran amistad.
En Duma Key Edgar comienza a pintar y tan impresionantes son sus cuadros que le ofrecen sumas astronómicas por ellos. Lo que no sabe es que esos lienzos son peligrosos. La anciana Elizabeth intenta explicárselo, pero la mujer sufre de Alzheimer y son pocos y breves los momentos en que se encuentra cuerda.
Sin embargo, entre Wireman y Edgar reconstruyen el pasado de Elizabeth: cómo sus dos hermanas gemelas desaparecieron en una tormenta sin dejar rastro, cómo su hermana mayor huyó con un empleado de su padre, cómo fueron criadas por un ama de color a la que querían como si fuera su madre.
Cuando la galería Scoto ofrece una exposición a Edgar para sus cuadros, que son vendidos íntegramente, Elizabeth intenta decirles la verdad. Sin embargo, no le da tiempo: algo invisible le impide decir lo que tenía en mente, y muere a las pocas horas. Edgar comprende que sus pinturas son peligrosas cuando su ex mujer le llama para decirle que su abogado se ha suicidado. Intentan evitar que haya más muertes, sin éxito: todos los que compraron algún boceto que podían llevarse se suicidan o son asesinados o mueren de ‘muerte natural’. Sin embargo, Edgar no puede salvar a su hija pequeña, Ilse, a la que unos meses atrás había regalado un lienzo que parecía inofensivo.
Wireman, Edgar y Jack (un joven ayudante de Edgar en Duma Key) investigan en la mansión y descubren que Elizabeth, siendo niña, había tenido un accidente y que con dos años había adquirido el don de pintar, aunque nunca se lo había dicho. Descubren sus dibujos y Edgar comprende que puede leer el pasado a través de ellos. Es entonces cuando les explica a sus amigos que tienen que ir al extremo abandonado de la isla, allí donde se había levantado la antigua mansión, que el padre de Elizabeth abandonó en el momento de perder a las dos gemelas.
Edgar ha pintado una serie de cuadros donde se ve un barco de muertos. Apenas se lee el nombre, aunque sabe que empieza por “Perse”. Y es a Perse a quien tienen que encontrar en la vieja mansión, el ente-mujer que está asesinando a todo el mundo.
En la vieja mansión descubren los viejos dibujos de Elizabeth y, a través de ellos, descubren que el ente que buscan está representado a través de una peligrosa muñeca de porcelana, ahogada a dormir en agua dulce. Sólo tienen que encontrarla y encerrarla en un recipiente hermético con agua dulce. Es la única forma de acabar con Perse. O ellos la detienen o se los llevará al barco de los muertos.
Cuando la encuentren la devolverán al mar envuelta en un doble recipiente, de donde no debería volver a salir nunca más.
“Nos engañamos con tanta frecuencia a nosotros mismos que podríamos ganarnos la vida con ello”.
“Debes conocer cuándo has terminado y, en ese momento, suelta tu lápiz o tu pincel. Todo lo demás es la vida”.
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