
Esta tarde me ha clavado los ojos un anciano que ha pasado a mi lado. Me ha dicho tanto con esa mirada... Sus ojos eran de tristeza, rasgados, con las venas marcándose en los bordes. Pero eran unos ojos con fuerza, la fuerza del que ha visto mucho, del que ha conocido mucho, del que ha visto a muchos partir, del que ha conocido tantos cambios…
Las personas mayores despiertan en mí un afecto que desconozco de dónde sale. Se despierta el sentimiento protector con ellos.
Escuchar a los ancianos es algo necesario. Ellos saben. En esos ojos llenos de tristeza me he visto reflejada yo en unos años. Y he comprendido su mensaje: lo rápido que pasa la vida.
Lo que ocurre es que no puedo pararme a pensar en lo rápido que pasa todo. En estos momentos vivo amando y amo viviendo y eso hace que ame mi vida y su vida, que disfrute de cada momento como si fuera el último, que admire ese rostro que tanto me dice y tanto me da, que adore a esa persona que tanto me aporta... Y viviendo en ese presente, en este presente, no puedo pararme a pensar que en un futuro no tan lejano yo también tendré la mirada triste del que se está despidiendo de la vida y la cara llena de arrugas que marcan cada experiencia vivida y las hebras del pelo grises o blancas porque ya no podrán ser negras. Eso es envejecer. Pero mi corazón es más joven que nunca. Quizás es porque ama y al amar se siente vivo y siente la vida y VIVE. Y eso es ahora. No estoy para pensar cómo seré ni qué sentiré dentro de unas décadas. Lo que importa es el ahora y en el ahora está él, que colorea el mundo con sus manos cada día y que le da luz con una sola sonrisa.
¿No es magnífico amar? Hacía tanto tiempo que no me sentía así...
(Iba a hablar nada más del anciano de la mirada triste, pero no sé qué ocurre que siempre termino pensando en esa persona. Y lo que iba a ser una entrada algo nostálgica, identificándome con la tristeza del anciano, se ha convertido en todo lo contrario. Es magia).
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