viernes, diciembre 11, 2009

En una encrucijada

Una mañana te despiertas y de repente te das cuenta de que dos tipos de sentimientos luchan enfrentados en tu interior: uno, la felicidad; el otro, la desdicha. Te preguntas cómo puedes sentir algo tan –aparentemente- contradictorio. Sólo hay un sentimiento de fuerza mayor capaz de hacernos sentir emociones tan intensas y tan diferentes.
¿Será realmente amor? Ese amor que no es nada en sí mismo, sino un conjunto de sensaciones placenteras –y también melancólicas- que se mezclan en un determinado momento de nuestra vida dotándonos de una fuerza superior. Tendemos a estereotipar algo que no se puede describir, que sólo se puede sentir. Sin más.
Yo no quiero amar, y sin embargo amo. Recuerdo aquella célebre frase de Catulo, traducida al castellano: “Odio y amo, tal vez te preguntes cómo puedo hacerlo. No sé, pero lo siento y así me torturo”.
Cuando miro la trayectoria de mis últimas jornadas me da la sensación de que hay una fuerza en mí que puede conmigo. Soy incapaz de mantener el control de mi corazón como quisiera: tan pronto siento una tortura ilimitada como de repente estoy sonriendo pletórica de euforia y una felicidad inexplicable. Tan pronto pienso en él y noto que el torrente de sentimientos positivos se desborda con total facilidad, tan pronto se nubla el horizonte y las lágrimas pugnan por salir.
Intento centrarme en el trabajo porque, de algún modo, me ‘olvido’ momentáneamente de todo lo que tiene que ver con él.
Claro que me encantaría decírselo. Sólo que no puedo. Llega un momento en que te replanteas si es mejor amar en el silencio y acallar todo lo que tenga que ver con él.
Me siento indecisa por la situación.
De todas formas, no es un amor con mayúsculas, sino un esbozo de amor. Para amar verdaderamente deberían surgir un cúmulo de cosas paralelas que no existen.
A veces, por muchas respuestas y razonamientos que intentemos buscar, no hay tales. Hay ciertas cosas que ocurren sin más, sin explicación alguna.

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