
Es una buena época para pedir deseos. Al menos, todo el mundo lo hace de cara al año que empieza, desechando todo lo malo que conllevaba el año que termina, recogiendo todo lo bueno que nos ha aportado.
Yo tengo un deseo inmenso, uno de esos anhelos que sobrepasa todos los poros de mi piel, que me vapulea en forma de recuerdos, en forma de palabras, en forma de imágenes. Un deseo que, en ocasiones, me da la sensación de que puede cumplirse y, en algún momento, suelo llegar a pensar que es inalcanzable. Sólo yo sé por qué me tambaleo entre dos extremos opuestos de una cuerda floja. Aunque quizás no sea una cuerda floja, sino muy resistente. Pues ha habido momentos en que podía haberse roto, pero una fuerza superior ha mantenido esa cuerda enhiesta.
Es el único deseo -implícito, por supuesto, pues los deseos no han de contarse si queremos verlos cumplidos- que siento de cara al año nuevo. Porque es lo único que me falta y lo único que necesito en realidad.
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