La primera noche en Malta no es que durmiera mal, es que dormí fatal, sobre todo porque a eso de las tres de la madrugada me desperté tosiendo y pasé un rato malo. Tuve que ir a por un vaso de agua y parece que, finalmente, volví a quedarme dormida.
Al día siguiente no tenía prisa, porque tenía una cita con Rodney, mi asesor allí, a las 12.30h. Como me interesaban dos de las excursiones, me resigné y esperé. Y esas horas que estuve esperando me parecieron una pérdida de tiempo, a pesar de que me leí casi toda la guía de Malta –o lo que me quedaba por leer-. En varias ocasiones se me pasó por la cabeza incluso dejar una nota en recepción y marcharme. Sólo la idea de coger un barco a Gozo era la que tiraba de mí para que me mostrara paciente. La cuestión era que no estoy acostumbrada a los barcos, que si tengo que coger otro medio de transporte no necesito apuntarme a una excursión, pero en historias del mar la cosa cambiaba. Así que ¿para qué me iba a complicar la vida cuando podían dármelo todo hecho?
Rodney hablaba español, así que enseguida terminó la 'reunión'. Me dijo que si tenía algún problema no dudara en llamarle. Aunque era maltés, tenía rasgos sudamericanos. Y era una persona muy agradable. En diez minutos se había ido y yo ya tenía pensado dónde ir: Mdina, the Silent City.
En el trayecto de veinte minutos que me llevaba desde el aeropuerto hasta el hotel, en medio de la nada surgió una ciudad que destacaba por ser el lugar más alto y estratégico de la isla de Malta. También era una ciudad de interior.
Lo que me impulsó a visitar primero Mdina fue el hecho de que no tuviera mar (y como yo deseaba ir al mar, una ciudad que no estuviera en la costa como ésta necesitaba visitarla cuanto antes, para así poder disfrutar de las costas en los días venideros), pues esta ciudad se encuentra en el corazón de la isla, pero desde sus muros defensivos se ven todos los confines y, mires por donde mires, siempre te encontrarás con la pacífica tranquilidad de las aguas azules del Mediterráneo, allá en la no tan lejana distancia. Mdina, ciudad musulmana, como se puede esperar por su nombre, se constituyó como la primera capital de Malta, que los caballeros de la Orden enseguida cambiaron por una Vittoriosa y, finalmente, La Valletta.
No es una parada de autobús, sino la estación de autobuses de Bugibba
La estación de autobuses de Bugibba, así como en el resto de las ciudades, está al aire libre. Es una zona abierta, donde hay que mirar en todas las direcciones porque no sabes desde qué dirección puede llegar el siguiente autobús.
Mdina suena muy árabe (“medina” es una palabra árabe que significa “ciudad”) y, además, a unos pocos kilómetros está Rabat, que recuerda a la capital de Marruecos. Rabat es famosa por poseer unas catacumbas que, lamentablemente, no llegué a ver, dado que se me echó el tiempo encima mientras que estaba en Mdina. Y, antes de llegar allí, pasé por una ciudad con una basílica enorme en el centro; se llamaba Mosta y me sonó a la guerra de la ex Yugoslavia (por Mostar, una de las ciudades más bombardeadas en la guerra).
Mdina es una ciudad histórica; quizás su ubicación estratégica fue la pieza más relevante para que enseguida se viera ocupada. Su nombre medieval es el que mejor la describe: Citta Notabile, la Ciudad Noble, pues fue el hogar de las familias nobles de Malta, descendientes de caciques normandos, sicilianos y españoles que habitaron en Mdina desde el siglo XII hasta ahora. Cuando los Caballeros optaron por ir a la costa a defender otras posiciones junto al mar, estas familias decidieron quedarse en Mdina. Hoy en día sigue siendo el hogar de las familias nobles de Malta y así lo demuestran sus casas señoriales a lo largo y ancho de toda la ciudad, decoradas en su gran mayoría con escudos de armas, estatuas de piedra y tracerías góticas.
Mdina podía defenderse fácilmente gracias a su altura. La ciudad se encuentra amurallada y es un ejemplo extraordinario de arquitectura medieval y barroca.
Desde que Mdina fuera ocupada por los primeros hombres, jamás fue abandonada. Los romanos construyeron aquí su capital, a la que llamaron Melita (la ciudad de la miel), gracias sin duda alguna a las numerosas colmenas de la isla (de hecho, la miel es un producto típico en todo el país). También los fenicios se establecieron aquí, tal y como corroboran restos de poblados fenicios en las cercanías. Los musulmanes la ocuparon en el año 880, amurallaron la ciudad y construyeron un foso alrededor, la llamaron Mdina, y dejaron un espacio en el exterior, que llamaron Rabat (significa “suburbio”).
En la Edad Media fue sede del Gobierno y centro administrativo, además de punto de reunión de la milicia en caso de ataques enemigos. La población, mientras tanto, buscaba protección dentro de sus fortificaciones. Con toda probabilidad, la gente que vivió en esta zona, la más fértil y rica en agua de Malta, se sintiera segura cerca de las murallas de Mdina.
Muchas órdenes religiosas edificaron monasterios fuera de las murallas y se establecieron en Rabat. Estos monasterios parecían fortalezas; hoy en día están rodeados por edificios modernos.
Los Caballeros de la Orden prefirieron asentarse cerca del puerto, donde sus galeras estaban protegidas. Cuando se construyó La Valletta en 1571 y se convirtió en capital, Mdina pasó a llamarse “la Ciudad Vieja”. Muchos habitantes de Mdina emigraron hacia la nueva capital, quedándose en Mdina las familias aristocráticas, gracias a las cuales se han conservado numerosos edificios medievales.
En la actualidad, Mdina no sobrepasa los 500 habitantes. Los malteses la llaman “la Ciudad del Silencio”, algo que se puede comprobar en sus estrechas calles, en la vida misteriosa de sus iglesias, palacios y conventos.
El Palazzo de Vilhena alberga el National Museum of Natural History. Contiene una interesante muestra de fósiles, mamíferos, peces e insectos de las islas. El Palazzo, construido por Manoel de Vilhena, sirvió de residencia para los grandes Maestres en su paso por Mdina. Este palacio barroco se erigió sobre los cimientos de la antigua universidad, destruida por el terremoto de 1693. Su fachada principal es un hermoso pórtico adornado con el retrato en bronce de Vilhena, que también intervino en la reconstrucción de las fortificaciones.
La catedral de Saint Paul es también un edificio barroco, levantado en el mismo lugar donde se encontraba una antigua iglesia, destruida por el mismo terremoto. Solamente se conservaron el coro y la sacristía, que se reintegraron en la nueva construcción. El suelo está completamente cubierto por lápidas de mármol de colores diversos y motivos con alusiones a la muerte y esqueletos que representan la fugacidad de la vida (igual que el suelo de la co-catedral de La Valletta).
En Malta hay dos catedrales importantes y muy parecidas: la de Mdina y la de La Valletta. Al convertirse en catedral la de La Valletta en el siglo XIX, pasaría a compartir el título con la de Mdina; de ahí procede el nombre de co-catedral de La Valletta.
A mí Mdina me pareció una ciudad muy señorial, por todos sus edificios de corte regio. Caminar por sus calles fue algo fantástico y cuando estaba dentro de las murallas, en esas callejuelas estrechas, me dio la sensación de estar cautivada por algo muy parecido a lo que sentí cuando visité la Alhambra. Es una sensación que sobrepasa los límites de la realidad y te transporta a un mundo musulmán, gracias a la herencia tan espléndida que dejaron allí donde permanecieron.
Las vistas desde allí son, por otra parte, magníficas, porque se ven todos los rincones de la isla, gracias a la posición elevada en que se encuentra.
El cristal es un material muy típico en todo Malta, pero en Mdina es especialmente artesanal y moldean unos objetos magníficos.
Algunas vistas desde la muralla de Mdina:
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