domingo, diciembre 27, 2009

Los sueños rotos

Llega un momento en que te das cuenta de que tu dignidad, y por extensión tu orgullo, están en una situación de peligro tal que te ves obligada a decir “basta”.
Me da la sensación de que, tras los sucesos acaecidos la noche pasada, comienza una época de barbecho, como si en las últimas horas hubiera arrancado de raíz todas las plantas que habían ido creciendo poco a poco, como si hubiera estado construyendo un muro difícil de traspasar. Al despertar he estado llorando sin poder evitarlo. Me hubiera gustado ser más fuerte, ser capaz de no dar rienda suelta a tanto dolor. Sin embargo, no son esas lágrimas las que me preocupan, sino las lágrimas que fluyen sin cesar dentro de mi interior, pues esta vez es el corazón quien llora.
Ayer sentí algo tan claramente que no sé cómo fui capaz de aguantar sin desmoronarme, aunque en ese preciso instante supe que eso acarrearía dolor, un dolor mucho más profundo que aquél que sentí hace más de un mes.
Empiezo a temblar cuando recuerdo el momento en que le exigí una respuesta, una respuesta que quizás no llegue nunca. Algo que pedí en una situación de desesperación tal que me resulta escalofriante. No puedo seguir caminando sobre una senda llena de conjeturas. Sea lo que sea, prefiero saberlo; necesito saber lo que piensa. En caso de que dijera algo y después de lo que vi ayer, posiblemente esté empezando a concienciarme de que quizás sufra en los meses venideros. Al despertar, como un aguijonazo, mi corazón me alertaba de que ha empezado a morir. Tarde o temprano, la llama que se ha mantenido encendida durante estos últimos meses empieza a titilar hasta que llegue un momento en que me suma en una oscuridad total. Temo que llegue ese instante, porque con él va a llegar la tristeza más inaudita, el vacío más cruel, el dolor en todas sus dimensiones.
Para cuando llegue el momento, comprendo lo afortunada que soy al saber que tengo un as en la manga que puede, de algún modo, suplir el vacío. Ese as no es otro que escribir, inventar mundos imaginarios, crear personajes dispares, buscar historias novedosas que se entrelacen en un mundo de ficción cuyo ritmo marco yo. Y, pese a tener esto, sé que no será fácil llenar ese vacío. Ya sé cómo duele el corazón, ya sé cómo escuecen las llagas de lo que no fue y sé que soy capaz de no dejarme ver durante meses intentando olvidar lo inolvidable. Sería huir, evitarle, pero sería más doloroso verle y sentir que un muro cada vez más alto me separa de él. Son vías de escape, necesarias en momentos así.
Ayer descubrí que se había perdido parte de la magia, aunque seguía habiendo reminiscencias provenientes directamente de sus ojos. Pero también descubrí el distanciamiento, la llamada del silencio, la impotencia del desconocimiento.
No es tanto el dolor como el vacío que sé que empezaré a sentir. El vacío es mucho más cruel, porque no te queda nada: te rompe los sueños, las ilusiones, las esperanzas; te lacera las manos y te venda los ojos, te cae repentinamente cual pedrusco de plomo en el estómago. Sabes que ya nada será igual, aunque sigas mirándole a esos profundos ojos y sigas pensando que es alguien especial, aunque en el fondo de ti sientas que le sigues queriendo pese a todo, y es que sabes –y eso es una de las cosas que más duelen- que no puedes dejar de quererle.
En estos momentos no sé si quiero saber su respuesta. Quizás es porque espero lo que me va a decir. O quizás no. Como no sé lo que piensa quizás no. Pero en el fondo sí que quiero saberlo, quiero escuchar lo que tenga que decirme, aunque eso despierte a ese monstruo llamado dolor.
Esto me ha llevado a replantearme si salir en Nochevieja. Sé que saldré, claro, pero sin ganas, deseando no encontrarme con él, colocando ese muro invisible para que él no descubra mi sino. Porque no puedo mirarle a los ojos y decir que no siento nada. Porque una energía desconcertante encamina mis pasos en su dirección. Porque no quiero que me lea como un libro abierto.
Y sé que, después de todo, el dolor, al igual que el resto de los sentimientos, es caduco. Que pasará, como todo. Aunque deje una herida terrible y la huella de lo que no fue, esa huella que siempre termina recordándote que, en definitiva, no merece la pena llorar por nadie.
Aun así, sé que estoy predestinada a derramar lágrimas de dolor.

Me quedo con lo mejor. Estos meses en que una vana ilusión me ha traído una felicidad que traspasaba fronteras, levantarme cada mañana con una sonrisa mientras pensaba en él, los inolvidables sueños que esta noche a los que se les ha dotado de alas, los momentos mágicos perdiéndome en él, bebiéndome sus palabras, robándole sonrisas. Me gustaría mirarle mañana a los ojos y decir que no siento nada, pero sé que la prueba es difícil y duradera, y que mañana no le dejaré de querer -quizás nunca-. Él daba cierto sentido a mi vida. Ahora los vestigios de todo eso se escapan invisibles entre los barrotes de una celda cargada de dolor y espinas.
¿Y qué puedo reprocharle a él? Ni siquiera puedo reprocharle nada. Él ha sido caballero en todo momento.

Si tengo que pasar por otra época de oscuridad, que sea así.

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