
Los recuerdos llegan cual aluvión, incesantes, constantes, a raudales. Intento desviarlos, pero a veces resulta imposible.
Te diriges al coche para coger algo y al mirar de frente te sorprende descubrir algo. Te viene a la memoria el día que tuviste que maniobrar porque no podías sacar el coche, lo que se te pasó por la cabeza en ese momento y que se lo dijiste. Los vehículos en la misma posición, aunque no es la misma situación.
Una lluvia de témpanos del más frío acero abren llagas en tu piel, témpanos que se derriten por ese calor que alienta su presencia próxima, el hecho de sentirle un poco más cerca. No puedes evitar ese ramalazo de cariño que te recorre la espina dorsal. Y entonces sientes que los ojos se te rasgan y piensas en algo que te traiga una sonrisa, para no sentirte infinitamente triste.
O ayer... cuando fui a Correos... Es como si las estrellas se alinearan para que cualquier persona, cualquier objeto se materialicen como signos que me llevan a pensar en él. Menos mal que me encontré con J. y pude salvar esa situación olvidándome por un momento de lo más inmediato.
Por mucho que quiera olvidarme de él... Le quiero demasiado como para desechar todo eso de un día para otro.
No sé lo que hacer ahora. Quizás me sienta algo cansada y posiblemente no haga nada.
Si no puedo luchar contra los recuerdos tendré que vivir con ellos.
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