
Aunque últimamente no diga nada de él, está en mi mente como un ser omnipresente. A veces es necesario engañar a la cabeza para no sentir esa punzada que te golpea incesantemente el estómago, por eso que no hable de él. Me pregunto a menudo qué estará haciendo en determinado momento, en qué estará pensando, cuándo lo veré por ahí y un sinfín de preguntas que parecen no tener límite.
No puedo, por más que lo intente, dejar de pensar en él, porque me da la sensación de que es como un bálsamo que me hace sentir mejor, que cura todas mis heridas y que me da paz y tranquilidad. Sólo tengo que cerrar los ojos y dejarme llevar por esa especie de felicidad.
Me gustaría decirle tantas cosas. Quizás un día se las diga.
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