
Pasar tres horas con la persona que te gusta te inunda de un abanico de sensaciones variadas. Y, a pesar de toda esa plenitud -placentero todo ello- me faltaba algo: lo que él no me da. Y eso que yo me siento a gusto con él, estar en su compañía es algo que se sale fuera de lo normal y además me gusta hablar con él, escucharle. Es increíble el cuidado que pone en todo lo que hace, la delicadeza con la que usa las manos en cualquier tipo de tarea.
Hoy me he puesto una coraza que me pesaba mucho. Hasta yo misma me sentía fría. Y sólo hay una razón: la confesión que le hice ayer. Necesitaba desviar ese asunto. Y el hecho de sacar cualquier tema de conversación es única y exclusivamente por desviar la atención sobre ese asunto en particular. De hecho, es simplemente un método de defensa y es algo consciente. Cuando inconscientemente me he callado durante un rato es cuando más relajada he estado. A veces se necesita ese silencio.
Ahora bien. Creo que es la primera vez que estoy delante de él y me siento relajada, y noto que la voz no me tiembla, que puedo mirarle a los ojos y perderme en ellos sin miedo. Y también he sentido que disminuía ante su grandeza. Porque hoy he descubierto algo nuevo en él: una grandeza interior con la que yo me he sentido diminuta.
Estar en su compañía ha sido extraordinario.
Esta es la tercera vez que intento escribir algo respecto a lo de esta tarde. Confieso que he empezado varias veces y que desconozco la manera de expresar todo ese cúmulo de sensaciones. Quizás es preferible congelar esos momentos en la mente, sin decir nada. Sobra con decir que estaba a gusto, y estaba a gusto porque estaba con él. Y no hay más.
Sí que se me ha hecho tarde.
No hay comentarios:
Publicar un comentario