Las Tres Ciudades están situadas enfrente del Gran Puerto de La Valletta y se les conoce como “The Cottonera”, debido al Gran Maestre Nicolás Cottoner, que mandó construir las defensas. Sus antiguos nombres, Birgu, L-Isla y Bormla, fueron cambiados después de la victoria sobre los turcos por Vittoriosa, Senglea y Conspicua. Pero en las islas se les sigue llamando por sus antiguos nombres y así aparecen en muchas señalizaciones.
Vittoriosa y Senglea están situadas sobre las grandes penínsulas rocosas que sobresalen del Gran Puerto, y Conspicua está situada en el centro de la bahía que separa las otras dos. Formadas por larguísimas ensenadas, históricamente han sido lugares muy vulnerables. En estas tres ciudades se establecieron los Caballeros de la Orden de San Juan al principio, por lo que sus palacios, fuertes y baluartes son mucho más antiguos que los de La Valletta.
Este día tenía intención de ir a las Tres Ciudades, pero no cayó esa breva. Vi la más importante, Vittoriosa (o Birgu), y no me dio tiempo a visitar las otras, aunque sólo tenía que haber seguido la ensenada en forma de U.
La verdad es que merece la pena visitar Vittoriosa. Desde allí la imagen de La Valletta es impresionante. Reconoces los lugares que visitaste unos días antes, porque están tan cerca que te da la impresión de que podrías llegar a tocarlos con las manos. Se podía ir en barca o en autobús, y yo preferí subir al autobús desde la Plaza de la Fuente del Tritón. Como no sabía dónde tenía que bajarme porque todo me parecía igual, le pregunté a un anciano que estaba a mi lado y me dijo que él me avisaría. Se lo tuve que repetir dos veces porque no están acostumbrados a los nombres modernos. Ellos siguen llamándola Birgu. Y yo le dije que sí.
Vittoriosa es una ciudad que está completamente amurallada y tiene numerosas puertas de acceso a la ciudad, cuenta con cañones en todos los lugares y con un fuerte en la punta que mira hacia La Valleta, que desafortunadamente estaba en obras y cerrado. Parece un pueblo de ensueño, con entrechas calles cuyas casas cuentan historias.
Esta es una de las calles con una placa distintiva, otorgada por el Ayuntamiento de Birgu, donde se les condecora por la profusión de plantas en los portales de las casas y alientan a que sigan poniéndolas en el futuro
El acceso a la ciudad es a través de la Puerta Couvre del siglo XVII o la puerta de Provenza, que desembocan en la Main Gate Street. Vittoriosa cuenta en la actualidad con unos 3.000 habitantes. El Gran Maestre La Vallette cambió el nombre de Birgu por el de Civitas Vittoriosa como homenaje a la historia de la ciudad.
Así, por ejemplo, puedes seguir a un grupo con guía y verles parados ante una casa semi derruida y ponerte a leer la placa. Allí fue donde dos vecinos se pararon para explicarme, sin que yo les preguntara, que en la azotea había una guillotina y cercenaban cabezas.
Llegué a la Casa del Inquisidor. Es impresionante por los contrastes: las habitaciones del Inquisidor frente a las celdas de los reos.
Lo más interesante de la casa es que tenían un avanzado sistema de higiene, incluso para los presos y que se puede comprobar, en el patio, cómo salían las heces desde el interior a una especie de pozo.
Obviamente había una sala de tortura y una sala para procesar a los acusados, tal y como debían ser entonces, porque era todo muy antiguo.
La Casa del Inquisidor se construyó a principios del siglo XVI y se dedicó a albergar los Tribunales de Derecho Civil de la Orden de San Juan. Continuó siendo la sede de los tribunales hasta 1571. Cuando los Caballeros se establecieron en La Valletta, el palacio quedó vacío hasta que una década más tarde llegó Monseñor Pietro Dusina como primer inquisidor general. El Gran Maestre el ofreció este palacio como residencia oficial.
Llegué a la plaza Vittoriosa Square y me desorienté un poco, desconociendo muy bien qué dirección tomar. Sabía que todo recto llegaría al Fort Saint-Angelo, donde la ciudad se encuentra con el mar. Pero había algo que me habían recomendado ver: el Museo Marítimo. Y hacia allí me dirigí.
El Museo Marítimo ocupa un edificio impresionante reconocible por el ancla que tiene en la puerta, y que en el pasado fue la panadería naval, donde se proveía a la Marina de la ración diaria de pan para más de 15.000 marinos. Mientras el primer piso estaba siendo objeto de obras, el segundo estaba lleno de todo tipo de barcos, así como aparejos de pesca y misiles de la IIª Guerra Mundial.
Después de un rato disfrutando del silencio de los barcos que tantas historias tienen que contar, me resultó casi imposible encontrar la salida. Tuve que dar varias vueltas por la sala hasta que finalmente conseguí salir. El caso es que era inmensa y con cubículos cuadrados que se reflejaban en enormes espejos, lo que creaba un extraño espejismo, un laberinto de cubículos.
Junto al Museo Marítimo comí arroz con champiñones. Tenía muchas especias. Más que la comida, lo que disfruté fue estar en una terraza junto a una alargada enseñada llena de yates.
Después de comer seguí la ensenada hasta el final, donde me encontré un cerrado Fort Saint Angelo y me senté a observar el mar, a saborear aquellos momentos y dibujarlos a modo de recuerdo, observando los vehículos de la ciudad de enfrente (La Valletta), mirando a veces hacia mi izquierda, sabiendo que a Senglea, tan cercana, no le regalaría mi presencia.
Fue un momento de reflexión, el momento en que te haces consciente de que ya no te queda mucho para marchar, el momento en que comprendes que una parte de ti se quedó allí, junto a la bahía de Vittoriosa.
Senglea o L-Isla fue fortificada por el Gran Maestre Claude de la Sengle en 1551. Los malteses utilizan el antiguo nombre de L-Isla, que posiblemente sea la abreviatura de ‘península’.
El Fuerte San Angelo fue cuartel general de las tropas de la marina británica durante la IIª Guerra Mundial. Debe su nombre a Angelo Melfi. Primero fue un templo pagano dedicado a la diosa Astarté, después templo fenicio, los griegos lo dedicaron a Hera y los romanos a Juno.
Durante el siglo XVI fue residencia de los Grandes Maestres de la Orden y finalmente se convirtió en prisión.
Volví sobre mis pasos, contemplando el llamativo edificio del Casino di Venezia, frente a yates enormes, sueños inalcanzables. Disfruté de aquella panorámica. En un quiosco de información turística me dijeron dónde podía coger un autobús de vuelta a La Valletta. Y, sin apenas darme cuenta, acababa de llegar a Conspicua, donde vi que todas sus calles estaban decoradas con una especie de postes dorados, muchos de ellos acompañados de imágenes religiosas.
Conspicua o Bormla fue destruida por los bombardeos de la IIª Guerra Mundial. Hoy es una ciudad industrial con un astillero. Es la mayor de las Tres Ciudades. Los Caballeros de San Juan le cambiaron el nombre originario de Bormla por otro nuevo con motivo del valeroso (‘conspicuo’) comportamiento de sus habitantes durante el Gran Asedio (1565). Gran parte de Conspicua está ocupada por antiguos astilleros, aunque está siendo restaurada para convertirse en puerto deportivo.
Deseaba regresar a La Valleta. Por una parte, para hacer compras y, por otro lado, quería entrar en el Museo de Arqueología, para ver los restos que habían ‘desaparecido’ de sus lugares originales, tal como era el caso de los Templos de Ggantija o de Hagar Qim. Eran mis últimas horas en Malta.
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