CASPAR DAVID FRIEDRICH, El caminante sobre el mar de niebla (1817-1818)¿A quién no le ha ocurrido alguna vez que intenta acordarse de un nombre, de un título o incluso de una palabra y que no le salga en ese preciso momento?
Tenía una imagen en mente, la de un famoso cuadro de Caspar David Friedrich, El caminante sobre el mar de niebla. Sabía que era de principios del siglo XIX, pero no recordaba el nombre de quien la pintara (de hecho, nunca lo recuerdo). Lo que recordaba era a Delacroix y Géricault. Y les recuerdo a ellos porque nos mostraron obras de los tres en la misma clase de arte de la Universidad. Ahí está el vínculo. Y para encontrar la obra en cuestión me ha llevado un rato, pero los datos que recordaba eran suficientes.
No sé qué tiene esa imagen. A veces exaspera, otras agrada. Exaspera por la violencia de los trazos, porque en principio parece una marejada, el mar revuelto, pero cuando miras detenidamente ves que entre los picos de las montañas se extiende la niebla por todos los confines.
De repente, me he encontrado dentro del cuadro, en el lugar del caminante que se encuentra de espaldas al espectador. Y compartía ese mundo que se extendía a mis ojos con una persona. Entonces se oía mi voz susurrándole: "Aquí está la magnificencia del mundo. Esto ha sido creado para que nosotros lo contempláramos un día. Es perfecto". Doblemente perfecto: por una parte, por lo que se extendía a nuestros ojos; por otro lado, por el acompañante. Pero teniendo en cuenta que la imagen del cuadro es imaginaria y el acompañante es real.
"El amor no es un hábito, un compromiso, ni una deuda.
El amor es. Sin definiciones.
Ama y no preguntes demasiado. Sólo ama".
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