
Muchas personas, con la lluvia, se entristecen. Hace unos años mi alma también se enturbiaba con los días grises. Escuchaba golpear las gotas en el cristal y no podía soportarlo. Recordaba situaciones dolorosas que llegaban desde lugares ocultos de mi corazón sin desear, por nada del mundo, traer esos recuerdos al presente. En uno de esos días de lluvia empecé a escribir. Y la escritura desplazó a la tristeza. Tiendo a escribir más cuando llueve, es como si una parte de mí se viera obligada a hacerlo por una extraña energía que a veces no puedo controlar.
La melancolía que traían los días grises se convirtió en la aceptación de la lluvia. Un día las gotas de lluvia resbalan por tu rostro y te sientes rejuvenecer. Porque simplemente a veces la lluvia no sólo sirve para forzar el crecimiento de las plantas en general, sino que hace que nuestra alma también crezca. ¿Quién no se ha sentido que crecía cuando el chaparrón le pillaba a la intemperie? De todas las veces que una tormenta me ha pillado en la calle, muy pocas he sido consciente de que me estaba mojando y que el agua también era buena; la mayor parte de las veces, en vez de disfrutar de la lluvia, chapoteábamos sobre las calles mojadas en busca de un lugar para refugiarnos. Yo siempre imaginaba el momento en que llegaba a casa, me quitaba la ropa húmeda, me secaba la piel y el pelo, me ponía el pijama y me calentaba en la chimenea. Es un recuerdo entrañable.
Ahora… imagino un día lluvioso y gris y me imagino que camino junto a él, que nos mojamos, pero no importa. ¿Qué importa la lluvia si estás en compañía del sol?
No soporto llevar paraguas; prefiero mojarme. Aunque a veces lleve un paraguas, posiblemente no vuelva a casa con él. En Japón lo terminé perdiendo y llevo uno en el coche que no uso, porque seguramente me lo dejaría en cualquier sitio. Me da la sensación de que siempre llevo paraguas cuando no lo voy a necesitar y que, cuando lo necesito de veras, nunca lo tengo conmigo. Así que no llevo paraguas casi nunca porque lo considero un incordio.
Las tormentas dieron paso a una necesidad innata. Cada vez que terminaba de llover, mi espíritu me pedía salir, caminar por las calles mojadas y acercarme a cualquier jardín, parque o rincón con plantas. Adoro el aroma penetrante y dulzón, a tierra mojada, a flores rejuvenecidas, a árboles vivos… que queda después de una tormenta.
Al final, la lluvia no me produce ya tristeza, aunque siga escribiendo tanto en los días grises, sino que me terminó gustando. A veces incluso miro al cielo y clamo para que llueva (cuando hay bochorno, por ejemplo).
Siempre hay tiempos buenos y tiempos malos. Y en esos momentos de oscuridad siempre existirá una luz que nos guíe. Cuando estoy triste, en mi corazón hay una luz muy especial que me hace sonreír. A veces, como es mi caso, es la imagen de una persona la que nos lleva a la luz; otras veces no hay una persona, sino que es cualquier momento, cualquier objeto, cualquier acción, cualquier palabra, cualquier recuerdo… el que nos lleve a la alegría. A veces ni siquiera sabemos el motivo de esa tristeza…
Cuando a mí la lluvia me traía melancolía casi nunca sabía la causa de esa tristeza. Lo achacaba al tiempo y no comprendía cómo, de repente, podían estar las lágrimas resbalando por mis mejillas.
Cuando el cielo está gris siempre lo podemos evocar cuando lo vimos profundamente azul. Cuando sentimos frío siempre podemos pensar que el sol ya nos ha calentado con anterioridad.
Cuando sufrimos derrotas temporales y fracasos avasalladores, siempre hemos de traer al presente nuestros triunfos y nuestros logros.
Cuando necesitamos cariño, siempre podemos revivir otras experiencias de afecto y ternura, acordarnos de todo aquello que hemos vivido y de aquello que hemos dado con alegría.
Tantos regalos nos han hecho, tantos abrazos y besos nos han dado, tantos paisajes hemos disfrutado, tantas risas que han brotado de nuestros labios…
Reconozco que ver la tarde tan gris me ha hecho recordar aquellos momentos pasados en que me entristecía la lluvia. Ya no. Pensaba en él y todo era magnífico, todo era perfecto, todo era mágico…
Y entonces la tarde dejó de ser gris…
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