
Los días están formados por momentos. Unos mejores, otros peores. Aunque yo sólo me acuerdo de los mejores y en los mejores momentos siempre está él: su mirada perfecta, su sonrisa misteriosa, la sensualidad de su voz, el color de su ropa, la sabiduría que aporta, su personalidad... que muchas veces (o casi todas) aviva mis emociones.
Menos mal que en esos momentos los pensamientos son privados. Porque cuando él habla me ensimismo imaginando besándole, acariciándole, susurrándole palabras de amor... Disfruto de esos momentos. Al volver, siempre tengo esa sensación de haber compartido unos minutos de magia con un ángel que me aporta un millón de nuevas sensaciones, a cada cual más placentera.
También he visto su coche después. Lo tiene tan limpio que ahora sólo puedo dibujar estrellas imaginarias. Hoy también he mirado a ver si venía por el horizonte.
Me voy a echar un rato antes de que llegue el momento de marchar. Y, al echarme, aparece otro momento dedicado a él, porque cerraré los ojos y pensaré en él. Entonces sentiré calma y pensaré en lo mucho que le quiero. No es para menos.
Un momento compartido con él... es toda una vida, todo un mundo aparte.
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