Me he leído esta novela de un tirón, quizás porque engancha casi desde el principio. A veces, llegan a mis manos libros que son una joya en sí mismos. Éste es una de esas inesperadas sorpresas que terminan agradando. Tiene sus pequeñas lecciones morales sacadas de la vida misma, una vida ambientada en París, aunque con personajes de ficción. ¿Y qué relación tienen los cocodrilos con París?
Siempre he pensado que una buena novela se forja a través de sus personajes. Y si esos personajes están dotados de una personalidad magistralmente perfilada, como es el caso, posiblemente encandilen el alma del lector. Aquí las personalidades de todos y cada uno de los personajes está genialmente descrita y eso lo convierte en algo único. En definitiva, es un libro que, basándose en la rutina de la vida diaria, te termina dejando un buen sabor de boca al terminar. Porque todo el mundo de esta novela termina recogiendo lo que siembra. En ciertos aspectos me ha terminado recordando a la película, también francesa, de Amélie, donde la protagonista hacía el bien a quien era bueno y era malvada con quien tenía mal corazón.
Así pues, más que la trama de la historia, es menester analizar el entretejido de personajes que aparecen en esta novela.
Joséphine Cortès siempre ha sido la sombra de su hermana mayor: no es guapa ni tiene buen tipo, aunque ella no sabe que tiene un talento superior; se dedica a hacer su tesis sobre el siglo XII, una experta en la materia, aparte de dar clases de historia. Tiene un gran corazón y es trabajadora. Mantiene a toda su familia con un sueldo miserable. Su marido, Antoine, se encuentra en paro y no tiene ganas de ponerse a trabajar, al menos no en cualquier trabajo. Sus dos hijas, Hortense y Zoé, están entrando en la adolescencia y no se sienten muy seguras en la casa familiar. Un día, Joséphine se entera de que su marido le pone los cuernos con Mylène, una peluquera a la que ha visto un par de veces. Discuten y él se marcha de casa. Ella, que siempre ha sido pusilánime, no le pide que regrese y, mientras, se pregunta cómo se las va a arreglar sola.
Iris Dupin es la hermana modelo de Joséphine. Es una bomba sexual, casada con el más célebre abogado de París, Philippe, que la cubre de montañas de oro. Iris es una persona fría y superficial, nunca ha estado enamorada de su marido, sino que recuerda a su amante en la Universidad de Columbia, Gabor Minar, que ahora se ha convertido en un famoso director de cine. Su marido, poco a poco, comienza a descubrir la fachada de mentiras y maldad en que se asienta la vida de su esposa. Juntos tienen un hijo, Alexandre, que es ignorado por ambos padres, motivo por el cual el niño se ha convertido en un chico serio y melancólico, al que nadie escucha.
Shirley es la mejor amiga de Joséphine. Son vecinas y se ayudan mutuamente. Shirley es una escocesa con una figura escultórica, una mujer que llama la atención. Sin embargo, cría sola a su hijo Gaby. Las conversaciones entre Jo y Shirley son realmente magníficas, pues son dos grandes corazones dando (y recibiendo) pequeños consejos. En realidad, son dos luchadoras.
Henriette Grobz es la madre viuda de Joséphine y de Iris. Se ha casado en segundas nupcias con Marcel Grobz, a quien considera un patán. Él le pidió un hijo para heredar su inmensa fortuna, pero ella se alejó muy pronto de él, en cuanto consiguió el régimen de gananciales, por lo que Marcel está atado a ella de pies y manos y no puede moverse sin que Henriette lo sepa. Sin embargo, la ilusión de la vida de Marcel la marca su fiel secretaria, Josiane, una treintañera a la que casi dobla la edad. A ella le pide un hijo y, tras muchos intentos, ella traerá al mundo a un pequeño Marcel. Esto llevará a la ruptura con Henriette y a la felicidad con Josiane y su retoño.
Todo se lía cuando Antoine Cortès decide marcharse a Kenia con su amante. Pide un crédito al banco, que sólo es avalado por ser familiar de Philippe Dupin y Marcel Grobz. Antoine trabajará para un chino con ansias de dinero en un criadero de cocodrilos. Mylène crea su propia empresa de cosméticos y peluquería en la que, con el tiempo, no cuenta con Antoine, cuya personalidad se debilita a medida que avanza la novela. Se arrepiente muchas veces de haber abandonado tan fácilmente a su esposa y a sus hijas y ahoga sus penas en alcohol. Un día será devorado por los cocodrilos.
Iris Dupin, que flota en los montones de dinero de su marido, decide que quiere hacerse famosa. Una mentira la lleva a embaucar a su hermana, la dulce Joséphine, para que sea cómplice con ella de un fraude que terminará explotando. Iris comenta con un editor que está empezando a escribir un libro histórico que versa sobre el siglo XII. Todo París comenta que la magnífica Iris Dupin está escribiendo una novela histórica. Iris no quiere que su farsa se descubra, así que le pide a su hermana que la ayude. Joséphine, que ha comenzado a trabajar para el bufete de Philippe traduciendo libros de otros idiomas, le escribe la novela que terminará convirtiéndose en un éxito de ventas: Iris se lleva la fama, Joséphine se queda con el dinero. Pero las personas cercanas a las hermanas las descubren: Philippe y Luca. Luca es un joven historiador que se enamora de Joséphine y que encuentra en la novela trozos de sus conversaciones con Jo.
Todo se termina sabiendo. Philippe conseguirá enfrentar a Iris con su antiguo amante, Gabor, que la ignorará por completo. Humillada vuelve a París, cuando Hortense, que parece seguir los pasos de su tía Iris y de su abuela Henriette, se da cuenta de que su madre está trabajando como una negra para sacar a sus dos hijas adelante con el sudor de su frente y se presenta en un famoso programa de televisión para desenmascarar a Iris Dupin. Madre e hija se dan cuenta del amor que se profesan, aunque parecía que nunca se habían llevado bien.
Al final, te quedas con ciertas frases dignas de mención, que te hacen reflexionar:
“Cuando se tiene miedo, siempre hay que mirarlo a la cara y darle un nombre. Si no, te aplasta y te arrastra como una ola gigantesca”.
“El amor es la mayor de las riquezas. El amor que damos y el que recibimos. Y yo no puedo pasarme sin esa riqueza…”.
“Le hubiese gustado detener el tiempo, quedarse con ese momento de felicidad y guardarlo en una botella. La felicidad está hecha de pequeñas cosas. Siempre se la espera con mayúsculas, pero llega a nosotros de puntillas y puede pasar bajo nuestras narices sin darnos cuenta. Esta noche, la había agarrado y no la soltaba”.
“Hay gente cuya mirada nos hace mejorar. Son escasos, pero cuando los encontramos, no hay que dejarlos pasar”.
“El amor es hijo de la bohemia, no conoce ley alguna… Si tú no me quieres, yo te quiero, y si te quiero, ten cuidado”.
“Cuando se escribe, hay que abrir completamente las puertas a la vida con el fin de que se mezcle con las palabras y alimente la imaginación”.
“He comprendido que la felicidad no es vivir una pequeña vida sin embrollos, sin cometer errores ni moverse. La felicidad es aceptar la lucha, el esfuerzo, la duda y avanzar, avanzar franqueando cada obstáculo”.
“La lucha diaria reposa en el amor. No en la ambición, la necesidad de tener, de poseer, sino en el amor… No en el amor en sí mismo, tampoco. Eso es la desgracia, es lo que nos hace dar vueltas sin llegar a ninguna parte. ¡No!, en el amor a los demás, el amor por la vida”.
“Para vivir bien hay que lanzarse a la vida, perderse y volverse a encontrar, y perderse otra vez, abandonar y volver a empezar, pero nunca, nunca pensar que un día podremos descansar porque esto no se detiene nunca… La tranquilidad la disfrutaremos más tarde”.
“La vida es una persona, una persona que hay que tomar por compañera. Entrar en su corriente, en sus remolinos, a veces te hace tragar agua y te crees que vas a morir, y después te agarra por el pelo y te deja más lejos. A veces te hace bailar, otras te pisa los pies. Hay que entrar en la vida como se entra en un baile. No parar el movimiento llorando por uno, acusando a los demás, bebiendo, tomando pastillitas para amortiguar el choque. Bailar, bailar, bailar. Pasar las pruebas que te envía para hacerte más fuerte, más determinada.
Llegarían otras olas, pero sabía que tendría la fuerza de atravesarlas y que siempre, siempre habría alguien en la orilla”.
“Se reconoce la felicidad por el ruido que hace al marcharse”.
“No nos atrevemos a muchas cosas porque son difíciles, pero son difíciles porque no nos atrevemos a hacerlas”. (Séneca)
No hay comentarios:
Publicar un comentario