La memoria guarda instantáneas de nuestra vida, que a veces son tesoros de valor incalculable, pequeños esbozos del pasado que a veces nos traen una sonrisa y a veces nos traen un estremecimiento de nostalgia, un baúl de recuerdos a veces oxidados por el paso del tiempo. Recopilamos recuerdos y, curiosamente, la mayoría son los mejores momentos de nuestra vida. Al menos, mi memoria no retiene aquellos instantes en que pataleé, lloré, lo pasé mal… A veces sí. No se borran los recuerdos tan fácilmente, pero personalmente prefiero no empañar el presente con recuerdos tristes.
Los primeros recuerdos son extraños, aparecen entre una espesa niebla. Por lo general, a la edad de siete años es cuando empezamos a ser conscientes de la vida, porque es en esa época cuando aparece la capacidad de raciocinio (no lo digo yo, lo dicen los psicólogos, filósofos, médicos y demás expertos sobre el crecimiento –no sólo mental sino también espiritual-). A veces tenemos recuerdos anteriores que, si aparecen, se tratan de momentos muy desagradables o de instantes muy felices. Bien, yo tengo de los dos. El peor recuerdo y, para más inri, quizás el primero es de un médico, una aguja y un hospital. Recuerdo tanto mejor la enorme aguja que mis gritos nada más verla. Es un recuerdo horrible para que se trate del primer recuerdo de la vida de una persona. Tenía cuatro añitos. Así que como no quiero que ese sea mi primer recuerdo, lentamente lo desplazo por otro (aunque es posterior, uno o dos años más tarde) más feliz. Era una playa llena de gente, un sol enorme, un islote al frente; un bañador rojo con unas cerezas que llevaba yo y otro azul con un barco que llevaba mi hermano, y nos perseguíamos entre las innumerables hamacas y sombrillas de una de las playas más soleadas de este país: la playa de Levante en Benidorm.
Durante años siempre íbamos a Benidorm o a Peñíscola. Todos los años en fiestas de Gracias (agosto) de mi pueblo, fiestas que yo no tuve ocasión de conocer hasta que entré en la adolescencia, época en la cual mi hermano y yo preferíamos quedarnos a fiestas.
Recuerdo mi primer amor, personaje que se casó con veinte años y que ahora está divorciado. Le vi hace unos meses y me costó reconocerle. Recuerdo los primeros besos, inocentes, extraños…
Recuerdo el primer día en la universidad, el choque de mentalidad, el despertar de la libertad. Cuando hablo de ‘choque de mentalidad’, me refiero no tanto al hecho de darte cuenta de que estás madurando, sino a que el contraste de dónde yo venía y adónde iba era abismal. Pues Salamanca es una ciudad con una mentalidad muy abierta, demasiado liberal y todo el mundo va a su bola. Por mucho que me pese, en mi tierra, o más bien, en el pequeño mundo que yo conocía hasta entonces, veía la forma de pensar demasiado rígida, demasiado cerrada… Por explicarlo de otra forma, quien se haya leído El mito de la caverna de Platón sabrá que hay unos esclavos encadenados en una caverna. Están a oscuras y sólo escuchan los ruidos que entran por una grieta. Pero no han conocido otra cosa, así que siguen encadenados en su caverna. Un día, uno de ellos consigue liberarse y sale de la caverna, encontrándose con un mundo nuevo y, por ende, mejor, algo diferente a lo que había conocido hasta entonces. Vuelve a la caverna para contarles a sus compañeros de cautiverio lo que ha visto en el exterior, pero ninguno le cree, ninguno quiere salir, todos temen ese mundo nuevo (si es que existe). Es la base filosófica en la que se fundamenta todo el hilo argumental de la famosa película de Matrix.
Los primeros meses en Salamanca yo me sentía un poco como ese esclavo que consigue salir de la caverna. Ese contraste es muy duro. Finalmente terminas descubriendo que si las personas que has conocido siempre no se arriesgan a salir fuera nunca conocerán nada más que lo eternamente conocido (y ‘arriesgarse’ en este contexto es una palabra ‘arriesgada’, ya que en ese riesgo está la capacidad de elección de cada uno). Y no es malo. Son dos mundos paralelos. Ahora lo he asimilado, pero al principio fue un choque emocional tremendo.
Recuerdo la extraña sensación que tuve la primera vez que subí a un avión. Una mezcla entre éxtasis y miedo. Iba en dirección a Londres y pensaba que me quedaría allí arriba, volando siempre entre las nubes. Y, de hecho, cada vez que me subo a un avión es como si fuera una primera vez. Disfruto con esas sensaciones (aunque ya no exista aquel miedo inicial a volar).
Recuerdo muchas otras instantáneas: cuando se me cayó un diente comiendo una manzana mientras veía el Un, dos, tres…; las mañanas heladas en que esperábamos el autobús que nos llevaría al colegio; la primera vez que pisé el acelerador de un coche; cuando el profesor de literatura me confiscaba libros escondidos bajo el pupitre (yo no leía a los clásicos, excepto a Lope de Vega, porque tanto me atrajo su vida, que me picó la curiosidad; lo que entonces leía eran novelas negras y policíacas)...
Y recuerdo el día en que le vi por primera vez, que no es exacto, porque ya le había visto los días previos. Me refiero a la primera vez el día que me miró fijamente y me sentí 'atrapada', hechizada quizás, de tal forma que sentí tal atracción hacia él, que desconozco aún de dónde surgió. Recuerdo una camisa color melocotón. Recuerdo su perfil plateado cuando le observaba de reojo una noche que me traía a casa. Recuerdo el sonido melodioso de su voz. Recuerdo cómo se exalta mi corazón cuando mis ojos se cruzan con los de él en cualquier bar. Recuerdo el día que le aparté el pelo de la cara sólo para decirle lo guapo que estaba. Recuerdo los esbozos desdibujados de mis palabras escritas para él en cualquier lugar del mapa…
Recuerdo sus instantáneas, más cercanas en el tiempo, como si fueran verdaderos tesoros. Y todo de él lo recuerdo con un afecto y un cariño especiales… También lo anterior, porque al fin y al cabo son fragmentos de mi vida. Pero él… sus recuerdos tienen otro tipo de magia especial, diferente. Es lo que tiene amar a un ángel.

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