lunes, septiembre 13, 2010

La estrella perfecta

Siempre me ha gustado mirar al firmamento de noche, buscar constelaciones e inventarme las que no sabía. Me parece un mundo misterioso ese de ahí arriba. Últimamente esas mismas estrellas me recuerdan a una persona a la que quiero con locura. No sé a qué se debe. Primero pensaba que era porque le había conocido de noche, luego porque un día que miraba las estrellas me acordé de él y se lo hice saber. Nunca le he preguntado si aquella noche miró al cielo.

Las estrellas son símbolos de buena suerte. No sólo las estrellas fugaces. El mapa estelar que se ve de noche es un mundo de ensueño. Me aporta paz, me serena mirar hacia arriba en las noches despejadas, y sobre todo cuando es verano. Quizás ahí está la conexión: quizás es que al encontrar ahí arriba la serenidad y la paz que hacen que el día termine con buen pie me acuerdo de él, que también me aporta otro tipo de paz y otro tipo de serenidad. Mirar directamente a esos dulces ojos es encontrar toda la belleza del mundo en sus pupilas perfectas. Su mirada es una de las primeras cosas que me atrajo de él. Mirar a sus ojos es encontrarte con toda la bondad del mundo escrita en ellos. Yo ya no puedo mirar a otros ojos después de haber visto lo mejor de este mundo en esos ojos oscuros.

Un día le hablé de la profundidad que emanaba de su mirada. Pero jamás le he llegado a describir cuán grande es esa profundidad.

No puedo hablar de sus ojos sin que se me caiga la baba. Lo dejaré en que un día los ojos de ese ángel me miraron y entonces empecé a quererle.

Él es la mejor estrella que existe en el mundo, y esa estrella no está ahí arriba, en el firmamento. Su luz es única.

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