
Voy a escribir en naranja. Porque es un color cálido, que anima. La tarde, además, parece naranja, como si quisiera caer una enorme tormenta.
Me apetece ir a casa. Quitarme los zapatos (sí, los malditos tacones) y relajarme. Pero antes de hacer la llamada para que vengan a buscarme prefiero esbozar por escrito lo que necesito contar. Lo que le susurraría al oído...
Las naranjas me recuerdan a la dulce fragancia del azahar y el azahar al aroma de las calles de Córdoba. Nunca he conocido una ciudad que oliera tan bien.
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