
Entonces, cuando me ha azotado el aire frío del atardecer, mi mirada se ha posado en el horizonte, en el lugar que supongo está él, aunque desde mi pueblo no se vea ni la torre de la catedral.
Entonces, cuando me he acordado de él, me he preguntado si el mismo aire le acaricia ese rostro tan dulce.
Entonces, en ese momento tan fugaz, he sentido que me deshacía por dentro en trocitos de amor que se desperdigaba en todas las direcciones.
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