La primera ciudad portuguesa que conocí, hace ya mucho tiempo, fue Coimbra. Aproveché una excursión que, llegado el momento, no me apetecía hacer. Pero ya me había apuntado. Ni que decir tiene que no sé cómo aguanté aquel día, habiéndome montado en un autobús sin dormir, después de la fiesta nocturna del día anterior. Sin embargo, tengo un grato recuerdo de aquella ciudad y de sus gentes.
Coimbra es la ciudad universitaria portuguesa por excelencia (como en España lo son Santiago, Granada y Salamanca), así que el ambiente callejero está formado por jóvenes de diversos países. En lo más alto de la ciudad está su universidad, célebre por conservar una de las bibliotecas más importantes del mundo (no recuerdo cuántos volúmenes, pero sí recuerdo sus arcadas de pan de oro y sus estantes desde el suelo hasta el techo, con los libros antiguos conservados en vitrinas de cristal). Desde la universidad había una vista espléndida de la ciudad, pues tenía un enorme mirador.
Pero uno de los rincones más fascinantes de la ciudad, desde mi humilde opinión, era el Penedo da Saudade, que bajaba desde la universidad hasta la ciudad baja. Era una especie de promontorio ajardinado y rocoso, cuyo nombre procede de las visitas frecuentes que el príncipe Pedro hacía al lugar para llorar allí la pérdida de su amada Inés.
A lo largo del siglo XX, fue un lugar de retiro habitual para los estudiantes y profesores, que empezaron a colocar en el jardín lápidas de piedra con versos.
Es un lugar para pasear con la persona amada… Un rincón de cuento… Una alameda de ensueño… Acechando las palabras de piedra que otros personajes dijeron, acechando el sentimiento profundo por todos los elementos de ese jardín. Me gustaría tanto mostrárselo a él…
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