Victoria de Samotracia, Museo del Louvre, ParísCuando visitamos un museo, difícilmente podemos tocar los objetos que en él se muestran. Paseas por las salas atiborradas de pinturas, esculturas, maquetas, vestuarios, animales disecados, inventos... En algunos incluso puedes sacar la cámara para engrosar tu colección de recuerdos... A veces algo en las vitrinas nos retiene incomprensiblemente.
Lo mismo ocurre en una tienda de objetos caros, donde carteles al lado de las muestras te instan a que los objetos son frágiles. Y sólo en caso de que tengas intención de comprarlos puedes llegar a tocar.
Personalmente me gusta tocarlo todo. No entiendo que se pueda comprar algo con sólo haberlo visto con los ojos. A veces es necesario tocar, buscar imperfecciones o simplemente levantarlo para ver el precio.
A veces me da la sensación de que estoy en un museo. Es como el "se ve pero no se toca". Deseo mucho tocar con mis manos algo que ni es frágil ni tengo expresamente prohibido tocar. Ansío acariciar ese rostro, esa piel, esa espalda... pero la mayor parte de las veces no me atrevo. Una parte de mí cree que se perdería la magia, aunque estoy segurísima que la magia aumentaría. Si no, sólo tengo que recordar instantes concretos en que le haya rozado (de manera consciente casi siempre) o, pudiendo evocar algo más lejano, el escalofrío que sentí cuando la suavidad de sus manos entró en contacto con mi piel.
En el fondo, no me conformo con mirarle (y admirarle). A veces, al igual que mis pies me llevan a él, también mis manos necesitan de ese contacto, aunque sea muy pequeño. Es como si ese minúsculo roce me brindara savia nueva (y también me lleva a imaginar). Admiro cada parte de él y cada parte en su conjunto. Porque no puedo imaginar esos ojos en otro molde (por decirlo de alguna manera).
Aquí también he vulnerado las prohibiciones, porque si a veces es como una fruta prohibida, el ímpetu me lleva a rozarle sutilmente en otras ocasiones. Igual que en un museo: a veces, casi sin darte cuenta, te encuentras sintiendo la fría cerámica en negros y anaranjados de una crátera griega.
Sin embargo, el contacto con él es muy cálido, está lleno de paz y me lleva al anhelo, a la nostalgia, al deseo, a la pasión, al AMOR. ¿Cómo no iba a quererle...?
Y llegará mañana y quizás necesite elevar mis dedos y rozarle con delicadeza. Y de esta manera me conciencio que es de carne y hueso. Un ángel, sí, pero de carne y hueso.
La Victoria de Samotracia es una de las esculturas que más me impresionaron del Louvre. De hecho, el Museo del Louvre es el museo más interesante que he visitado nunca, y no sólo en cuanto a su magnitud (es imposible verlo todo en una tarde). ¿Qué impresiona de una escultura sin cabeza? Quizás depende mucho el lugar donde se encuentra ubicada: en el descansillo de unas enormes escaleras, minimizando todo lo que está a su alrededor (y además se encuentra sola, no en una sala llena de más obras de arte). Es una escultura gigante e imponente, a medida que subes esa escalinata.
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