El sol engaña porque, aunque haya amanecido radiante, no hace ya ese calor estival.
En principio iba a tomar algo a las piscinas, pero están cerradas y como el perro necesita correr, he venido al reconfortante árbol que me cobijaba en marzo, abril y mayo. Porque entonces empecé a ir a la ermita, que también está cerrada.
Hoy es uno de los últimos días que se puede disfrutar de este paraje natural en todo su esplendor, porque ya no quedan muchos días soleados.
Los colores han variado: ya no son los verdes fértiles de mayo, sino los ocres secos del otoño. Incluso los sonidos son diferentes: ahora escucho un ruido que podría ser de patos en una charca cercana, y antes escuchaba el cri-cri de los grillos y, más al atardecer, el encantador berrido del cuco.
Entonces me acuerdo de él, de todo lo que daría por compartir esta magnificencia con él...
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