
Esta noche miraba a las estrellas (el cielo se encuentra extrañamente claro hoy) y me acordaba de él. Me preguntaba dónde estaría ese ángel que siempre trae paz y alegría.
"Y en esa vida había deseo, esa "fuerza misteriosa que hay detrás de cada cosa". El deseo que hace que toda la superficie de la piel se alumbre y desee la superficie de otra piel de la que no se sabe nada. Antes de conocerse ya son íntimos. Ya no se puede vivir sin la mirada del otro, sin su sonrisa, sin su mano, sin sus labios. Se pierde el rumbo. Se vuelve uno loco. Se le seguiría al fin del mundo, mientras la razón dice: Pero ¿qué sabes tú de él? Nada, nada, ayer mismo no sabía ni su nombre".
Es sorprendente cómo a veces ciertas palabras nos remueven algo por dentro porque nos sentimos identificados con algo de lo que dice, o con mucho, o con todo. Pero qué cierto: ya no puedo vivir sin sus ojos, sin su voz, sin sus manos... sin él; iría al fin del mundo por él; deseo una piel que no conozco y mi piel anhela ese contacto... ¿Y qué sé de él? Muy poco, demasiado poco. Lo que ocurre es que ese misterio me encanta, ese misterio me vuelve loca, ese misterio tiene un atractivo inmenso (aunque de él me atrae todo, no sólo su misterio).
Sigo mirando a las estrellas y en mi mente se dibuja lentamente su rostro angelical, casi palpable, casi cercano...
Y mañana al despertar con la primera claridad del alba, cuando el sol destrone a la noche, volverá a ser otro día perfecto, diferente, nuevo... y él seguirá estando cerca, muy cerca. Y ser consciente de que tan sólo está a unos metros es suficiente para regalar una sonrisa al día que comienza su andadura.
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